VICISITUDES DE LAS TRES MAGAS VIUDAS

Una historia cada día, un cuento cada semana
Alhaurín de la Torre, Málaga, Andalucía, domingo, 24 de Octubre de 2004
VICISITUDES DE LAS TRES MAGAS VIUDAS

Maria Dolores Villalbaz Nicosia, Chipre Farida227@hotmail.com

Las tres magas viudas de ojos color cereza, decidieron abandonar por un breve tiempo el pueblo de San Teocratos, estaban ya aburridas y desgastadas, condenadas a caminar en círculo, ahogadas en el hastío, cansadas de ver los rostros indiferentes y amargados que llevaba la gente que no sabía sonreír ni llorar, que vivía encerrada tras sus puertas y que daba evidencia de vida sólo cuando las peleas entre parejas eran tan fuertes que dejaban oír sus gritos. Las mujeres llevaban una eternidad viviendo de tejer sueños, de reír entre ellas, de planear maldades y de emborracharse juntas, siempre dentro de los muros de su caserón.
La idea de recorrer otros pueblos las entusiasmaba. En su peregrinaje fortalecerían el espíritu y ampliarían sus conocimientos sobre las yerbas que curaban o mataban, sobre los pájaros secos que servían para amuletos y piedras en las que se podía leer al escuchar su palpitar. Eligieron primero un lugar de sempiterna primavera del que habían oído decir que rejuvenecía a los visitantes y que sus pobladores gozaban de juventud perpetua.
Poco les importó dejar atrás el villorrio en que vivían desde hacía años. Las tres procedían de diferentes y lejanas regiones. La soledad y la coincidencia del color de sus ojos las unió luego de haber sido abandonadas por sus hombres que nunca aceptaron que ellas eran diferentes.
Sin presentirlo Lucida, la menor de las indisociables amigas conocería en el viaje el fantasma del amor. Tendría una relación tan apasionada que el polvo en que habían quedado convertidos sus difuntos antepasados causaría tolvaneras que oscurecerían el cielo, volviéndolo denso. Aquellos muertos que aún eran huesos, en las mismas tumbas se tirarían de los ralos pelos que quedaban en sus cráneos, ante el escándalo moralista que había provocado su pariente.
Lucida no aceptaba lo impuesto, ella se regía por sus propios criterios y disfrutaba siendo trasgresora. Había conocido a varios hombres a escondidas de los habitantes, que se regían por severas normas de conducta llegando incluso a retirar el saludo con apenas sospechar que mujeres solas tuvieran apetitos masculinos.
En San Teocratos los años se medían por siglos. Todos eran viejos desde el día en que nacían. El idilio entre las magas hubiese sido más abochornante porque ellas eran ancianas que vestían luto permanente y tenían los cabellos blancos y la piel enjuta. Las veces que se les prestaba atención era para hacer apuestas de cuál moriría primero y reírse… el juego era una de las pocas entretenciones toleradas por la Iglesia y la sociedad de las que disfrutaban sus moradores. Al oscurecer los hombres se encontraban en recintos abiertos, jugaban con nueces secas que arrojaban sobre la mesa y que revelaban el futuro al partirse. Tomaban allí los parroquianos una bebida fermentada, blancuzca y acuosa extraída de un árbol mágico del que se decía proporcionaba virilidad… Por supuesto, la injerencia del menjurje quedaba estrictamente prohibida a las mujeres.
Días antes de emprender el anhelado viaje, Lucida, en una noche de calor en la que no soplaba el aire y la humedad bañaba sus cabellos y rostro y le secaba la garganta, decidió salir a buscar algo que la refrescara. Fue así como llegó a uno de esos locales repletos de hombres que no la vieron porque a su edad sólo se le podía ignorar o temer, según los cánones de San Teocratos. Aprovechando la indiferencia de los presentes, se bebió el blanco líquido que encontró en un vaso sobre una de las mesas. Al tomarlo, una sensación de angustia, mezclada con sentimientos de culpa recorrió su cuerpo y llegó hasta sus huesos estremeciéndola por pocos segundos, después se notó relajada y con una felicidad inusual. Regresó a casa más tranquila, Dalia y Gertrudis nunca notaron su desaparición. Al levantarse, al día siguiente, experimentó una punzada en su vientre y una humedad entre sus piernas, sin darle importancia lo olvidó cuando tomó la primera taza de café espeso aromatizado con semillas de cardamomo, costumbre que tenia desde niña.
Un amanecer, entre la bruma, sin despedirse de nadie, las mujeres salieron de San Teocratos, dejando a sus curiosos moradores haciéndose conjeturas sobre su partida y destino.
Después de catorce horas de viaje entre vaivenes y frenadas de la máquina, arribaron por fin al Fortín de la Primavera. Al poner los pies fuera del tren, sus pieles y cabellos se transformaron. Mantuvieron sólo el color cereza de sus ojos. Ninguna de ellas lo advirtió porque ya estaban tan hartas de mirarse que no se ‘‘veían’’.
Después de comprarse ropa de colores, abandonaron sus prendas oscuras en el primer basurero que encontraron a su paso.
Muy pronto hallaron una casa de madera abandonada, a la orilla de un rió que humedecía el campo de flores silvestres y la espléndida vegetación que lo bordeaba.
Las noches eran deleitosas y ellas se quedaban hasta muy tarde, meciéndose en las hamacas del abandonado patio, viendo las estrellas y escuchando los insectos mientras tomaban café y aguardiente; rememoraban épocas pasadas que fueron divertidas. Habían vivido muchas experiencias y visto la mutación de la gente de su pueblo, entendían en toda profundidad el por qué de las cosas y los cambios.
Las magas eran diferentes la una de la otra. Dalia, la mayor, de voz dulce, era la más sabia. Terriblemente sarcástica y muy moderada al expresar su opinión. Aprendió a hablar con los espíritus entre el humo del incienso que quemaba diariamente. Algunas mañanas amanecía con fuertes dolores de cabeza y se quedaba en la oscuridad de su cuarto y mandaba a las otras dos a pudrirse en el infierno. Estas, acostumbradas a su carácter, dejaban pasar la crisis y mientras, se daban a la tarea de prepararle ricos postres aderezados con miel.
Gertrudis, la segunda maga viuda, tenía la manía de recoger cuanto objeto pequeño y con brillo encontraba a su paso, porque consideraba que todos estos elementos podrían convertirse en oro y sólo la idea la reconfortaba.
Si en su presencia se hablaba de un tema que requiriera esfuerzo para entender, sus ojos se desorbitaban y se quedaba dormida durante varios días para posteriormente despertar muy sonriente y con el asunto olvidado. Calculadora y hábil en los juegos de azar, ganaba casi siempre a las otras dos. Sus conocimientos sobre la naturaleza y las yerbas eran escasos; en ocasiones puso grave con diarreas y vómitos a los teocratenses que se acercaban para que les preparara alguna infusión. Su apariencia afable y risueña hacía que los habitantes la consideraran la mejor de las tres y le tuvieran algún afecto.
Lucida era tan sarcástica como Gertrudis y esto las hacia cómplices y la mantenía muy unidas, bien fuera en el caso de ayudar a algún necesitado o de ‘‘cocinar’’ la vida de algún prójimo que desbarataban entre ellas y de quien se reían estrepitosamente. Era observadora y escuchaba con atención y pocas veces se equivocaba en sus juicios.
Leía las piedras y consideraba que del mismo mineral era su corazón. Por ello, si alguna vez fue joven los hombres huyeron de su dureza. Los sacaba a palos y sin ruidos porque todos ellos no eran sino difuntos. No quería amar. Se había aislado del dolor del amor.
Sin embargo, un atardecer escuchó el canto de un pájaro que lloraba con duelo, abandonó la hamaca, se metió entre las matas y descubrió en un claro de la maleza a Simón Décimo, cepillando una yegua pinta mientras sus infortunios batían sus alas rodeándolo como apariciones.
Lucida se acercó muy despacio, mas él advirtió la presencia de la mujer que lo observaba. Levantando su rostro encontró su mirada retadora y descubrieron que ambos tenían sus ojos del mismo color cereza. En ese instante la tierra comenzó a temblar, las ramas del árbol donde Simón tenía atada la bestia cogió fuego y él tranquilamente, con un poncho de su tierra que conservaba en el desarraigo fue ahogándolo hasta apagarlo.
Sorprendida por su magia, Lucida se sintió pinchada por una aguja invisible que la cosió al cuerpo del hombre, y desde ese momento Simón entró a su vida.
La maga desaparecía discretamente durante el día para encontrarse con él y disfrutar de las caricias que le brindaba por horas, como al animal que cepillaba diariamente con amor. Se contaban sus secretos y tomados de la mano daban largas caminatas nocturnas por el campo, sin temer a los reptiles que quedaban encantados cuando los ojos de la pareja alumbraban el sendero.
Simón Décimo poseía cualidades profundas que lo hacían por momentos noble y sincero, disfrutaba al escucharla hablar y decir improperios, jugar con los misterios de la fascinación y hallar su pasión bajo las faldas.
Ella lo amaba aunque sabía que no debía confiar en él porque era un hombre sin carácter a pesar de su fiera apariencia; carecía de sensibilidad. Era uno de esos hombres que hablan muy poco, de los que ocultan sus verdaderos pensamientos y se acomodan al momento.
El buscaba las palabras adecuadas para no herirla y se cuidaba de no llevarle la contraria para poder disfrutar más su aventura de macho. Estaba casado con una mujer que se había quedado en su rancho cuidando los animales y los numerosos hijos; que se levantaba con la Biblia en la mano todos los días a pesar de que apenas sabía leer, que se dejaba hacer el amor sin amor cada sábado por la noche con las velas apagadas y que luego lo despachaba a su catre.
La desdicha y el rencor lo llevó a engañarla sin límites y a fuerza de los reproches que le hiciera su familia, decidió reprimirse y finalmente se convirtió en un eunuco y nunca más volvió a soñar, ni siquiera dormido.
Silencioso con rostro amargado, huyó de la gente hasta el día que conoció a Lucida, acompañado de las sombras que le rodeaban siempre y conocían de sus espontáneas decisiones de abandonar la mujer que le castró, luego se arrepentía porque había planeado su vejez sentado en una mecedora rodeado de nietos y telarañas que lo mantenían inmóvil, hasta que se encontró con la maga y se sintió fuertemente atraído. Se entregaban al amor olvidando todo, cubiertos por velos mágicos y sin sentir si era de día o de noche, ni el sitio en que se encontraran. Jadeantes, insaciables, con furia, con deseos, mordiendo cada beso como si fuera a írseles la vida, palpando el cuerpo, bebiendo de sus entrañas, La mujer gritaba feliz mientras él repetía su nombre al viento abrazado a ella, moría y volvía a nacer en él un hombre sin miedos. Ella lo amaba y él la disfrutaba porque con Lucida sentía nuevamente su hombría caliente que escapaba como un chorro de miel y se expandía en un túnel tibio y luminoso.
Las otras dos magas se dieron cuenta que Lucida se había enamorado cuando escucharon al viento que paseaba las voces con promesas de amor eterno y nunca olvido y fue entonces cuando notaron la transformación en ella. Los cabellos de las magas oscurecieron y sus rostros se iluminaron y sus cuerpos se llenaron de energía.
Sus amores duraron seis lunas. Lo vio por última vez debajo de un árbol en la noche tibia con el cielo cubierto de estrellas. Quiso detenerlo, pegarse a su piel como tatuaje que jamás se borra, esconderse en su bolsillo convertida en pétalos de flor para que su aroma mantuviera vivo el amor.
Al pasar los días después de su partida ella esperaba leer en las últimas estrellas de la noche, casi al amanecer, un mensaje de amor de Simón Décimo; ellas no lo tenían y la embargo el desconcierto. La hería la idea de que jamás estaría a su lado y por sus ojos color cereza derramó lágrimas de amor que cayeron como el rocío.
Tuvo momentos en que deseó no existir, transformarse en viento para recorrer tiempos y lugares lejanos, cambiar de rumbo o soplar con fuerza, acariciar o arrancar lo que encontrara a su paso. Quiso dejar de ser mujer, convertirse en mar, ser inmenso, profundo y solitario, pero las olas le devolverían su dolor…
La furia la fue embargando por la burla de Simón Décimo y entonces sólo se dio a la tarea de maquinar su venganza; se imaginaba rompiéndole la cabeza con una de sus piedras mágicas, comiéndose sus tripas, arrancándole los ojos y provocándole las más grandes desgracias con las maldiciones que profería.
Dalia y Gertrudis, se preocuparon al verla caminar todo el día sobre sus pasos, como enajenada, hablando sola, llorando y arrojando al aire cuanto objeto podía romperse. Sólo les quedaba acompañarla en sus noches de vigilia con aguardiente y tabaco. Le decían que la querían, que eran felices de estar con ella y que debía olvidarlo; tenían que continuar su recorrido por otros pueblos como lo habían planeado antes de salir de San Teocratos.
Una mañana se levantó Lucida y tomó él ultimo objeto entero sin quebrar que quedaba en casa; un viejo reloj de arena que Simón le dejara antes de marcharse, para que contara los días hasta su regreso. Salió al patio y sus compinches le siguieron aterradas. Lucida, contradictoriamente supersticiosa e incrédula, se dio cuenta que nada podía hacer y con una voz que pareció surgir como el último estertor de un moribundo lo sentenció: “vivirás atado a un sin amor con el cual te inmolarás y serás infeliz hasta tu muerte”, colocó al tiempo que tenía en sus manos, lo puso sobre una de las piedras mágicas y con un mazo lo rompió… así se liberó para siempre de su recuerdo.