Contrastes

Un cuento para cada día
Alhaurín de la Torre, Málaga, Andalucía, 22 de febrero de 2003

“Contrastes”

Maria Dolores Villalbazo Chipre farida227@hotmail.com

Era un día gris y lluvioso, un poco frío para la época del año. Andreas se encontraba inquieto y deprimido, y le atribuyó al tiempo su estado de ánimo. Desde el ventanal del apartamento observaba como se inclinaban los áboles con el viento. Se levantó como casi todas las mañanas. Preparó su café y fumó su primer cigarrillo antes de asearse. Encendió el televisor para enterarse de las noticias financieras mientras preparaba la ropa que se pondría después de ducharse. Montó en su auto y experimentó alegría cuando lo puso en marcha. Se olvidó de su angustia. Tenía que encontrarse con varios clientes y después ir a comer con su novia a ese nuevo restaurante italiano. Qué bueno es vivir, se dijo.

Laila, de oscuro vestido y con velo en el rostro caminaba de prisa en uno de los zocos de la ciudad. Buscaba abastecerse de alimentos. Si estaba de suerte encontraría con qué prepararse para el ataque. Los hombres se apiñaban en las calles y en los cafés buscando noticias en los diarios. El miedo de la población se colaba entre sus ropas hasta llegar a sus huesos.

Ajustó el cordón de su bota nueva. Su cuerpo estaba acostumbrado al ejercicio físico diario. Listo para entrar en combate; sus ojos, pozos sin fondo, no tenían expresión. Años de entrenamiento lo enseñaron a no sentir. Era cuestión de programarse y no pensar en lo que se hacía. Pasó por las mejores academias militares. Sabía despellejar cuerpos, torturar sin dejar marcas, tundir a golpes, romper huesos y cortar cuellos. Era un luchador por la libertad. Sólo tenía que seguir las órdenes de su Señor de los Cielos y regresaría salvo a casa con un medalla en el pecho. Eliminar al enemigo era cuestión de días.

Los asesinos no atacan a la luz; aprovechan la noche para causar el mayor número de bajas y esto lo sabía la población que esperaba la lluvia de bombas y misiles que revantarían sobre sus cabezas. Estaban acostumbrándose al miedo y a no poder cambiar su mañana. La mujer abandonó el zoco con una bolsa en su mano y se dirigió a casa. Se encontró con sus hijos jugando en la calle y le parecieron tan pequeños. Escondió sus lágrimas. ¿Qué podía hacer? ¿Dónde esconderse cuando llegaran los extranjeros si es que sobrevivían al ataque?. No sabía claramente lo que pasaba, pero sí que muchos morirían. Menos mal que casi todos irían al paraíso, pensó.

La noche se iluminó con lo que parecían ser fuegos artificiales que brillaban por segundos en el cielo antes de desaparecer y estrellarse en los barrios. El ruido de los aviones ensordecedor ahogaba los gritos de pavor dejando huellas y heridas en la piel, olió a muerte y a soledad. Las ciudades se hundieron y se partieron, y cuerpos desmembrados quedaban esparcidos en las aceras y en las casas. Las sirenas sonaban sin parar y unos huían de sus hogares buscando un refugio más seguro, mientras otros morían paralizados de terror. Los enfermos, los viejos y los bebés fueron los primeros en quedar bajo los escombros porque no podían correr mientras el fuego del infierno lo consumía todo.

El hombre se levantó como de costumbre, puso el agua para el café y preparó el baño mientras fumaba su cigarrillo de todos los días.