Una historia cada día, un cuento cada semana
   Alhaurín de la Torre, Málaga, Andalucía,   Domingo, 10 de julio de 2005

Padre ejemplar

Lucas Oliveira, cybercuentos@gmail.com  Argentina

Se preparó un desayuno de campeones: un cigarrillo con una galletita de membrillo... Una de las dos zapatillas tenía la suela agujereada. "Qué frío, la puta madre que lo parió", dijo con voz ronca. Tosió. Levantó el brazo para ponerse la remera blanca con el número 7 en el corazón. Regalo de la abuela. La ramera estaba fría y al contacto con sus pezones le provocó un escalofrío. "Ay, ramera de mierda". Cuando se levantó ya eran las nueve y veinticinco de la mañana. Tenía que imaginar una buena excusa para contarle a su esposa. Miró el otro lado de la cama y Juana ya no estaba. Juana es responsable y él murmuró con bronca "responsable de mierda".
Una vez, cuando su hijo tenía cinco años, estaban padre e hijo pescando en la laguna de Lobos. Luego de cuatro horas habían sacado tres dientudos. Su hijo estaba contento porque había pescado dos de los diminutos animales. El padre le quitó el anzuelo al dientudo y el bicho empezó a cerrar y abrir las mandíbulas repetidamente, peligrosamente. El niño dijo algo así como "cuidado" o "mirá" pero el padre no prestó atención. En segundos, sufrió la mordedura del dientudo que quién sabe si le correspondería el cielo o el infierno después de su heroica agonía. "Te dije, pá", dijo el niño. El contestó a su hijo aplastando la cabeza del pez contra el piso del muelle. La sangre del diminuto pescado era fría y manchó el rostro del niño. "No me rompas la pelotas y seguí pescando, la puta que te parió". Nunca más fueron a pescar.

Cuando se sentó en el fiat, el auto estaba tan frío que decidió prenderse otro cigarrillo para calentar el auto. Había intentado dos veces "y la puta madre, ahora esto"; aunque prefirió otro cigarrillo. Cuando pitó por segunda vez, descubrió que sobre el asiento del acompañante, Juana había dejado el culote rosado - transparente que había usado esa noche y una nota que decía "para tu esposa, la más puta, le va a gustar mucho". "Maleducada de mierda", dijo el padre de familia y arrancó el auto. El culote rosado - transparente quedó en el tacho de basura de la vecina ciega que vive justo frente a lo de Juana.

En la radio eran todas malas noticias. El vidrio empañado y que la bolsa, que el riesgo país, que la toma de rehenes terminó mal, que el Intendente no puede porque no tiene presupuesto, bla. Puso música. Jazz. John Coltrane. Prendió el tercer cigarrillo cuando atravesaba la General Paz. Le llamó la atención a su derecha el auto bordó de una joven de no más de 25 años. Ambos vehículos iban a 90km/h. Ambos vehículos eran fiat. Pero la joven, cabello castaño claro, se estaba poniendo el pantalón con una mano y con la otra hablaba con el celular en el oído. El miraba de reojo. El auto bordó se acercaba ligeramente hacia el fiat del padre pero la joven ni se inmutaba, concentrada en la conversación celufónica. El fiat del padre se mantenía en línea recta mientras que el de la joven dibujaba una línea oblícua; cerrándose hacia el fiat del padre. Que tampoco se inmutaba. Porque miraba fijo a los ojos de la joven. Que iba a 90km/h por la autopista Ricchieri a la altura de la General Paz. La joven instintivamente miró hacia su izquierda y encontró los penumbrosos ojos del padre. Al respirar empañó el vidrio y no pudo ver en detalle el rostro pálido, el cabello despeinado y las ojeras violáceas del padre de familia. Hacia adelante, se aproximaba una importante curva de cincuenta grados. A la derecha, pasto.

La joven miró el camino y giró suavemente el volante. Hubiera bajado la velocidad pero tenía el celular en una mano, el pantalón a la mitad del culo, un frío de cuatro grados centígrados, el solo de "Fortunate Son" de Creedence sonando en el estéreo y un tipo a su izquierda que no dejaba de observarla. Hubiera hecho tantas cosas.

"Cuando las cosas tienen que pasar te van a pasar". ¿Acaso no dicen eso? "Si te toca te toca". ¿Quién te toca? Las cosas que pasan (las cosas, uno dice las cosas; ¿se puede ser más neurótico... o cagón?). Las cosas, decía, pasan porque queremos que pasen. Porque si te empujo, vos te vas a enojar, rechazarás vehementemente mi empujón, diría mi tío el mecánico. ¿O ponés la otra mejilla? No, no: me decís, "violencia no, ¿eh?" O mejor: "Caballero, me parece que se ha confundido. Está originando un pleito del cual no quiero participar por lo que sugiero que se comporte y me explique sus razones". Sí, claro: ¡me mandás a la mierda! ¡Me insultás! ¡Me gritás! ¡Me mirás a los ojos y me escupís la mejilla! ¿Quién me dio el derecho a empujarte? ¡Hacéte respetar! ¡Hacéte hombre, carajo! Entonces sabemos que no está bien. ¿No está bien? No, dice la abuelita, no está bien. La abuelita... Abuelita, usted porque no está en la autopista con un auto bordó como el mío. Hay que tener mano para llevarlo entre los demás autos a 90km/h. Que no es nada. Y a vos te insulto. A vos y a los que vengan con vos. Si no te conozco, no me importa. Mejor. Si no te conozco: mejor. Me cuesta menos insultarte: infeliz. Escucháme bien, me tirás el auto encima y te meo. ¡Pero no querida!, dice la abuelita. Usted no lo conoce y va a 90km/h por la autopista. Se está vistiendo con una mano y con la otra sostiene un celular. ¡Pero usted está loca!, termina entre sollozos la abuelita. Y después nos dicen: "... y si te va a tocar, te va a tocar... es inevitable... es la ley de la vida... es el destino".

"Pervertido de mierda", pensó la joven de pelo castaño claro. "Puta de mierda, ahora vas a ver lo que es bueno", pensó tranquilamente el padre. El fiat bordó comenzó la curva unos segundos después que el del padre, por eso la joven no se dio cuenta. El padre mantuvo la mirada sobre sus ojos intranquilos, el volante fijo con el fiat en línea recta: sin registrar la curva. La joven no miró más el camino. Miró, acaso hipnotizada, los ojos del padre que la desnudaban cruelmente. Como quien raspa con un tenedor el cuero de un conejo, hasta pelarlo. "Pela", pensó la joven. El fiat del padre no doblaba, no asimilaba la curva, torcía la Historia; "esto va a doler", pensó el padre.

La joven gimió un "ah" entredientes contra el vidrio empañado.

Los fiat chocaron uno con el otro a la altura de la luz de giro: la derecha del padre, la izquierda de la joven. La curva se pronunciaba. Encerraba el fiat bordó de la joven. El padre aún mantenía los ojos fijos sobre la joven... hipnotizándola. Ella ni miró el camino. Tampoco el puente. Tampoco el lugar al que fue a parar el auto. Solo miraba a los ojos del padre. Que oía a John Coltrane mientras el fiat daba vueltas en el aire. El estruendo se oyo a seis cuadras. El padre sintió un vidrio clavarse en su ojo izquierdo, pero ni aún así, soltó el cigarrillo entre sus labios también violáceos. El volante se le incrustó en el pecho y le rompió varias costillas. Su brazo seguía agarrando el volante y así fue que sufrió la fractura de su muñeca. No dijo ni una palabra. Ni una sola mala palabra. Al impactar el fiat contra el asfalto, casi en la banquina, el espejo retrovisor se incrustó en la sien del padre y le abrió el cráneo con un tajo hasta la nuca. No sangró mucho. Ya parecía coagulada su sangre. Falleció instantáneamente, dijeron.

La joven vio el auto volar sobre su capot y entró en shock. Siete semanas, con sus días y sus noches, demoró en volver a hablar. En contar que un

hombre, fuera de sí, le clavó la rueda derecha de un fiat, igual al suyo, a la rueda izquierda del fiat bordó y la empujó hacia la banquina. "Lo choqué para evitar que me mate", dijo. "Un hombre fuera de sí", repetía en voz baja mientras se peinaba frente al espejo de su baño en suite de su casa en Vicente López.

Dicen que el padre no sufrió. En el diario la foto fue primera plana dos días seguidos. La culpa era de la joven. Deshonesta. Puta. Cobarde. Vestirse arriba del auto sin manos libres para el celular. Nadie recuerda de dónde venía el padre. Solo Juana, su amante. Juana que lo lloró a solas en su chalet de Villa Madero a pesar de los gritos de su vecina ciega que rogaba consolarla. Juana que sufre cada noche sin su compañía. Juana que ha decidido contarlo todo al hijo del padre. Al hijo que adoptó el padre con su esposa estéril. Al hijo del vientre de Juana. Al hijo que se lo dio al padre para que lo críe con su esposa, la puta estéril, porque tendría un futuro mejor.

"Qué mierda que es la vida", lloraba el hijo para una revista de fotos y vedettes, "tener que llorar a este guacho, mi padre, por lo que me dejó". A cambio, le pagaron quinientos pesos que los gastó en un equipo de música y la discografía completa de John Coltrane y Dizzy Gillespie. Jazz. Buena música. La única herencia de la cual se siente orgulloso...   Maricón.

Lucas Oliveira

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