|
|
Una historia
cada día, un cuento
cada semana
Alhaurín de la Torre, Málaga, Andalucía, domingo, 22 de
agosto de 2004
DESTINO EN EL PURGATORIO
Tony García misterio_club@yahoo.com Madrid
Una incesante y estruendosa
tormenta eléctrica se cernía en aquel cielo gris y nublado. Truenos y relámpagos
hicieron eco entre las montañas. Aunque prácticamente era de día parecía que
estaba anocheciendo.
Mi nombre es Thanatos. Yo me encontraba con mi unicornio negro, concretamente en
la plaza de un antiguo anfiteatro al lado del mar. Todas las gradas de aquel
anfiteatro estaban ocupadas por mis aliados que iban vestidos igual que yo. Mi
vestimenta iba acompañada por una túnica negra y una capucha que me recubría
todo mi rostro, pero podía ver a través de una fisura de la tela. Llevaba una
espada de cobre, apretándola con mi mano derecha. Estaba a punto de iniciar un
duelo contra un adversario que se hacía llamar Prometeo.
Prometeo iba acompañado con un unicornio rojo. Él tenía en sus manos una espada
de plata. Su vestimenta era una túnica roja que le recubría su cabeza. Dejaba su
rostro al descubierto, mostrando su cara desfigurada por quemaduras que le
provocaron la muerte en su anterior vida. La nariz la tenía destrozada,
sobresaliendo los orificios óseos. Él estaba condenado por el Tribunal del
Purgatorio a enfrentarse contra mí.
Todos mis siervos se alzaron de las gradas para dar paso a mi contrincante.
Entró por la puerta principal del anfiteatro a la vez que se sentían los
estruendosos truenos y relámpagos mientras que la intranquilidad constante del
mar hacía notable el vaivén de las olas. El unicornio rojo de Prometeo a cada
paso que marcaba en el suelo hacía empolvar la arena a la vez que mi enemigo
miraba con detenimiento a mis aliados en ambos bandos del anfiteatro. Con cara
de total seriedad él dirigió su mirada hacia mí. Mi unicornio negro dio unos
pasos hacia delante al mismo tiempo que una bandada de cuervos se alzaron
sobrevolando el anfiteatro.
Tanto yo como él nos detuvimos a la vez, a unos varios metros. Y yo aproveché
para intercambiar una conversación con mi contrincante.
Thanatos: Llegó la hora, Prometeo. – Dije alzando la voz cuando la luz de un
relámpago me deslumbró.
Prometeo: Yo tan sólo quiero liberarme de este Purgatorio.
Thanatos: Pues antes tendrás que enfrentarte contra mí. Tu estás aquí para pagar
por tus pecados que hiciste en tu vida pasada.
Prometeo: Que el Destino sea quien lo decida.
Al instante se sentía el cielo relampaguear y resonando en todo aquel
anfiteatro. Ambos hacíamos presión con las manos en nuestras espadas. Yo ordené
a mi unicornio negro que saliera a galopar velozmente contra el adversario.
Prometeo hizo lo mismo con su unicornio rojo, al darse cuenta de mis
intenciones. Ambos unicornios empezaron a galopar levantando la arena del suelo
a cada galopada. A medida de que nos acercábamos el uno hacia el otro, en pocos
segundos nos preparábamos nuestras espadas, alzándolas para arriba y así
contraatacarnos mútuamente.
Al encontrarnos frente a frente, los unicornios al no frenar se chocaron entre
sí. Eso lo que provocó en ambos animales que estuvieron a punto de perder el
equilibrio pero supieron estar firmes alzándose entre ellos. A partir de ese
momento yo y Prometeo nos enzarcemos en un duelo de espada contra espada. A la
vez los unicornios aprovecharon para contraatacarse entre sí, cuerno contra
cuerno. En un momento mi espada rozó la cabellera de Prometeo; éste consiguió
agachar su cabeza logrando esquivar mi movimiento.
El duelo entre espadas continuó hasta el riesgo de golpear ambas espadas entre
sí, haciendo presión la una contra la otra. Yo conseguí rematar el golpe echando
afuera a mi contrincante de su unicornio. El golpe fue tan potente que él se
cayó al suelo pero deslizándose y arrastrándose en la arena varios metros.
Aproveché para atacar al unicornio rojo. El animal se percató de mis intenciones
y se alzó para intentar atacarme con sus garras. El mío se abalanzó sobre él
para impedírselo y yo le clavé mi espada de cobre en lo más profundo. Luego
rápidamente saqué la espada ensangrentada de su tórax. El unicornio rojo
rechinaba muy dolorosamente brotando mucha sangre hasta desplomarse muerto
contra el suelo.
Mis siervos me alabaron al conseguir derrotar a ese animal. Sus voces se sentían
de lo más profundo de ultratumba. Prometeo contempló la escena de esa muerte con
expresión de sorpresa. Él cogió su espada de plata y enfurecido se dirigió
corriendo hacía mí. Al llegar él frente a frente mi unicornio se elevó para
atacarlo y él se dispuso a agacharse y voltearse, pasando por debajo del animal
para así incrustarle violentamente la espada contra el tórax. A partir de ese
momento mi unicornio rechinaba profundamente del dolor, perdió el equilibrio y
se estampó estrepitosamente contra el suelo. Yo comprobé que el animal ya estaba
muerto. Me levanté y observé a mi enemigo que se encontraba a unos cuantos
metros. Él se mostraba impasible y serio mientras que mis aliados le abucheaban
con desprecio.
El fuerte viento empezó a levantar la arena del suelo haciendo remolinos. Aún
continuaban sintiéndose relámpagos, pero esa vez estaban más moderados. Nosotros
seguíamos estando distanciados a unos metros pero yo me decidí a dar un paso
hacia delante para hablarle a Prometeo.
Thanatos: Prosigamos. – Dije alterando mi tono de voz.
Los dos nos dirigimos a toda prisa el uno hacia el otro para enzarzarnos de
nuevo en una lucha de espadas, cuerpo a cuerpo. Durante ese duelo yo podía
sentir como los golpes de la espada de Prometeo contra la mía eran cada vez más
incesantes. Podía percibir como la impotencia agresiva impregnaba el alma de mi
adversario. Entonces él golpeó su espada contra la mía con tal fuerza que logró
que mi apreciada arma saliera despedida al suelo varios metros.
Prometeo: Arrodíllate. – Me dijo él amenazándome con su espada.
Yo hice caso a lo que me decía y me arrodillé frente a él. Todos mis siervos se
levantaron de sus gradas, sorprendidos de mi vulnerabilidad al no tener un arma.
Él elevó su espada para decapitarme pero me di cuenta que uno de mis aliados
abrió una puerta y repentinamente marchó corriendo hacia las gradas, ya que se
sintió un rugido procedente de una bestia. Prometeo se giró para comprobar de
dónde procedía ese rugido y cuál fue su sorpresa al ver que entre la puerta se
presentaba un león de abundante melena. Él se quedó algo aturdido sin saber como
enfrentarse a ese enorme animal. El león mostró su lado más irascible
dirigiéndose velozmente hacia Prometeo para abalanzarse sobre él. Ambos, tanto
el animal como él, se arrastraron dando simultáneas vueltas en la arena. El
animal le hizo varios rasguños y cuando se disponía a devorar a Prometeo, éste
le incrustó hábilmente y profundamente la espada en el tórax. Rápidamente él se
apartó del animal. El león cayó al suelo, lo que hizo que la espada penetrara
más en el profundo cuerpo de la bestia, acabando con su vida.
Prometeo permanecía exhausto tumbado en el suelo. Intentaba ponerse de pie pero
parecía que todas sus fuerzas fueron robadas por aquel león que ya descansaba en
paz. Yo ya me había levantado después de estar arrodillado y me encaminé
lentamente a dónde estaba mi contrincante.
Thanatos: Mírate, Prometeo. Indefenso. – Dije en tono lamentable - Has
malgastado todas tus energías contra ese animal. – Hice una pausa para recoger
mi espada que estaba distanciada a unos metros. Cuando volví hacia Prometeo, que
aún se mostraba exhausto, continué la conversa – Nuestra lucha la doy por
concluida. Tienes dos opciones... Ríndete o alíate como siervo mío. Tú decides.
Él, que continuaba tumbado, se giró para verme y responderme.
Prometeo: Yo estoy harto de tanto sufrir. Ya tuve suficiente con el castigo que
sufrí en mi pasado. – Dijo con palabras entrecortadas debido a que estaba
agotado.
Thanatos: Si, es cierto. Pero aún así te mereciste sufrir por lo que hiciste.
Cómo titán que eras, ¿por qué osaste en robar el fuego de los dioses para
otorgarlo a los hombres? Podrías haber esperado a que los hombres descubrieran
la existencia del fuego por sí mismos. – Dije alterando mi tono de voz a cada
palabra – Como castigo fuiste encadenado a una piedra y Zeus me ordenó enviar un
cuervo, dónde día tras día te picoteaba el vientre y te devoraba el hígado. Aún
así durante la noche el hígado volvía a regenerarse para que al día siguiente
volviera el cuervo a devorártelo de nuevo. – Dije fríamente mientras proseguía –
De todas formas fuiste liberado. Y dime, ¿por qué decidiste poner fin a tu vida
como titán entregándote a un lago de fuego?
Prometeo: Porque realmente perdí toda esperanza en volver a reconciliarme con
Zeus. – Decía con ojos lagrimosos, mientras que poco a poco se levantaba del
suelo.
Thanatos: Pues lo que conseguiste era acelerar el transcurso de tu vida. Tú
creaste tu propia muerte.
Prometeo se acercó lentamente a mí con ojos llorosos. Se detuvo frente a frente.
Me miró y me abrazó fuertemente, llorando. Todos mis aliados se alzaron de sus
gradas ante el extraño comportamiento de mi adversario.
Prometeo: Aquí me tienes. Deseo salir de este Purgatorio. – Decía, alzando su
mirada hacia el cielo gris – Deseo purificar mi alma para así tener otra
oportunidad... que me teletransporte a mi pasado.
A partir de ese momento yo le aparté sus brazos de mí porque ya sabía lo que
tenía que hacer. Le empuñé mi espada de cobre contra su abdomen. Él hizo un
profundo grito de dolor que provocó eco en todo aquel anfiteatro y los cuervos
se espantaron. Miró al cielo entre gritos y lágrimas. Luego bajó su mirada hacia
su abdomen y comprobó que sentía mucho calor y dolor. Dentro de su alma se veía
como si se formara un fuego muy rojizo. Parecía como si se tratara de una
combustión espontánea. Le incrusté la espada más profundamente y repentinamente
las llamas de fuego en su interior se alteraron. Él gritó profundamente y
comenzaron a salir de su propia alma potentes destellos de luz blanca. Yo empecé
a quemarme una poca parte de mi túnica y decidí apartar la espada de él y
separarme unos cuantos metros. Vi como el fuego purificador comenzó a rodearle
de pies a cabeza en un santiamén.
Al cabo de unos segundos el alma de Prometeo desapareció entre las llamas. El
fuego purificador lo que hizo al mismo tiempo era teletransportar el alma de
Prometeo hacia sus inicios como titán.
Mientras, en el anfiteatro, cayó una abundante lluvia que fue propicia para
apagar las flamas de la túnica roja de Prometeo que yacía carbonizada en el
suelo. Todos mis siervos y yo nos dispusimos a desaparecer de ese lugar para
irnos a nuestro mundo de origen, el Hades; y volver día tras día al Purgatorio
por si había más almas a las que enfrentarse para purificarlas o que deseaban
aliarse conmigo.
F I N
|
Cuentos, relatos,
historias, narraciones, leyendas, experiencias
Cuentos de las hijas de Afrodita
Cuentos globales del año 2003 |