Una historia
cada día, dos cuentos
cada semana
Alhaurín de la Torre, Málaga, Andalucía, Domingo 11 de
enero de 2004
Como muchos adolescentes, finalizando la
secundaria, Adán y Eva, fueron sorprendidos por un amor tan intenso que muchas
veces lloraron abrazados, temerosos de verse expulsados del paraíso.
De las lágrimas aprendieron lo deleitable de la humedad en los cuerpos que se
acoplan. Eligieron, entonces, para amarse, los mares, los ríos y las cascadas
porque el agua incrementaba el gozo.
Pero también se deleitaron, amándose, sobre la tierra desnuda porque un
aluvión de minerales y vegetales, invadíanles los pulmones, haciendo
intensísimo el gozo.
Otras veces, muy impacientes, lo hicieron sobre las piedras del camino y les
supo tan bueno el rejón de las piedras incrustadas en sus carnes que cargaron
sus bolsos con las más filosas para empedrar aquellos caminos, desprovistos de
piedras.
Otras, sin voluntad para esperar, se entregaron pletóricos sobre la vegetaci
ón xerófila, cuyas espinas devinieron ensangrentadas, pero los amantes, con
alegrías de auto flagelados, gozaron en todo sus cuerpos lo que para la frente
de Cristo fue un suplicio.
Más tarde, experimentaron una mística intensidad, calcando la lentitud de los
grandes sauros prehistóricos. Impregnados de aceites aromáticos, reptaban
entrelazados, sorbiéndose uno al otro, cada milímetro de piel, deteniendo sus
bocas trémulas y voraces en todos aquellos puntos donde se agolpa la sangre y
se hace escarlata la carne.
La intensidad apoteósica de esta lentitud milagrosa, alcanzó su cúspide cuando
sin proferir palabras, decidieron turnar sus posiciones en el milenario
atavismo de la sumisión: el uno sería un Dios receptor, recibiendo toda la
adoración voluptuosa del otro, ora oficiante, ora deidad. El intercambio
infinito de los roles jerárquicos, sobrevino en un goce perenne.
En una ocasión, ella, oficiante fervorosa, subordinóse ocho horas continuas,
colmada su boca de un lentísimo fellatio, mientras sus versátiles dedos
paseaban las cuencas vellosas del amante. Aquel momento, él no pudo contener
la serenidad de los dioses, pues se derramó en llanto y sollozos compulsivos.
El quiso amoroso corresponder a aquel gesto infinito de delicia e inició un
viaje al centro de aquella carne prodigiosa de piel exquisita, pero al cabo de
medio día de afanosa adoración, igual al recién nacido conectado al pecho de
la madre, quedóse dormido lamiendo el atizado clítoris, mientras, ya sin mucha
firmezas, los dedos de sus manos, invadían, unos, la boca ansiosa de su Eva y
los de la otra mano, abajo, penetraban profundo los hermosos y contiguos
esfínteres.
Todas las pasiones están expuestas a un momento fatal. La fatalidad que
extinguió a ésta, se produjo como se produce cualquier terremoto. Eva había
iniciado el rito cárnico, era ella la que casi siempre lo empezaba, y Adán,
acariciándole los hombros con infinita ternura, dirigióse a ella con una
dulzura recién nacida:
- Amor, debemos hablar.
Por la expresión del rostro de Eva, aquellas tres palabras cayeron como rayos
catastróficos; poderosísimos rayos destructores, y tornóse su belleza en una
mueca de desencanto, confirmado por la aspereza de su voz:
-¡Adán, torpe has roto el hechizo! ¿Acaso olvidaste la única regla?
-Se prohíbe hablar cuando se ama.
Autor: José
Lagardera
Santa Ana de
Coro,
Venezuela.
No desperdicies, ni un segundo, alojando en
tu interior, el odio o el rencor. Además del desperdicio de tiempo, recurso
natural no renovable, resulta perniciosos para la salud. La tolerancia, la
compresión y el amor no te evitarán las arrugas, pero las harán lucir
radiantes.