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Una historia
para cada día, un cuento cada semana
Alhaurín de la Torre, Málaga, Andalucía, miércoles
4 de febrero de 2004
Ardiente Encuentro
Luis Fernando Camacho Ciudad de México bimboggio@hotmail.com
Un silencio abrumador predomina en este lugar, lleno de un aire sumamente pesado, que hace que Armando le cueste trabajo respirar. Armando trata de jalar más aire y de ordenar sus pensamientos. Mantiene su mirada fija sobre las llamas de la chimenea, mismas que se reflejan en sus ojos, como si sus ojos fueran un espejo de lo que pasa en su interior.
Se decide a tomar la botella de coñac y servirse una copa más. Cruza la pierna y descansa su cabeza sobre el respaldo del sillón. Para cualquier espectador, podría parecer que Armando se encuentra en una profunda paz consigo mismo. Al observar la escena con más detalle se puede ver una ligera capa cristalina que cubre los ojos de Armando. La capa se vuelve más gruesa cada vez, mientras Armando aprieta sus labios y finalmente deja que sus párpados caigan, dejando salir de su escondite a ese par de lágrimas que se deslizan por sus mejillas. Parecen como dos pequeñas flamas que queman su rostro lentamente, recorriendo su cara poco a poco, dejando ver, por fin, el desgarrador sentimiento que lo carcome lentamente.
Abre sus húmedos ojos, y solo puede ver la imagen borrosa de la copa de coñac que tiene en su mano. Decide tomar un último gran trago y derrama todo el interior de la copa sobre su boca, sin importarle que gran parte se haya derramado sobre su cara, su cuello y su camisa. Un nuevo ímpetu lo hace levantarse. Se limpia la boca con la manga de su camisa con un rápido movimiento de su mano derecha. En un arranque de ira, arroja la copa a la chimenea, rompiendo el silencio que solo había sido interrumpido por los repentinos chasquidos que produce la leña cuando se quema, sobre todo aquella que está húmeda.
Toma la botella de coñac y se dirige a su habitación. Camina con pasos decididos, mientras la ira en sus ojos es cada vez más notable. Se detiene un momento en la puerta de la habitación tras percibir la nauseabunda pestilencia que causa la gasolina.
De pronto, nos topamos con la horrorosa escena. Las sábanas de la destendida cama se encuentran cubiertas de sangre, así como el inerte cuerpo desnudo de su mejor amigo. Sus ojos están aún abiertos, con una mirada fija que muestra una mezcla entre pánico y la súplica de misericordia. Una profunda incisión cruza su cuello de lado a lado, pero es difícil percibirla entre toda la sangre que cubre su cuello y parte de su pecho. Su cuerpo desnudo y mojado de pies a cabeza, permanece inmóvil al lado del cuerpo de Sara, la bella y escultural esposa de Armando.
De forma contrastante, el cuerpo de Sara no está ni frío ni pálido, porque Sara sigue viva, consciente a cada momento del error que ha cometido. Sin embargo, Sara también está desnuda y completamente mojada. El brillo causado por el líquido aceitoso con el que ha sido rociada resalta la belleza de la curvatura de su cuerpo. Tiene las piernas y los brazos abiertos, pues ha sido atada a las esquinas de la cama y amordazada su boca, para que Armando no tuviera que escuchar las desgarradoras súplicas de perdón.
Sus ojos no han sido tapados y ve a Armando en la puerta con una mirada de pánico difícil de describir. Trata de soltarse, pero sus esfuerzos son en vano. Intenta gritar, pero su grita queda ahogado. Nadie puede escucharla ahora, ni siquiera Armando.
Armando deja escapar una sonrisa burlona, un tanto esquizofrénica. Su iracunda mirada se cruza con la suplicante mirada de Sara. Se acerca al lado derecho de la cama, donde se encuentra recostada Sara. Deja la botella de coñac en el buró y se arranca la camisa bestialmente. Se quita toda la ropa y permanece unos instantes ahí parado, completamente desnudo ante la mirada atónita de Sara.
Armando toma de nuevo la botella de coñac y se derrama a sí mismo el contenido restante de la botella, estrellándola en la pared después de haber quedado vacía. Armando toma una caja de cerillos que se encontraba en un cajón y la coloca suavemente sobre el ombligo de su amada esposa. Armando sube de un salto a la cama, y sin más rodeos se coloca sobre el cuerpo de su esposa.
Armando da un último vistazo al cuerpo inerte de su amigo y se vuelve hacia Sara. La mirada de venganza de Armando penetró hasta el interior de Sara. Pero la mirada de Armando no fue lo único que Sara sintió que penetraba en sus entrañas. Al cúmulo de sentimientos que la mirada de Sara reflejaba, se sumó el dolor. Los ojos de Sara estaban desorbitados y las lágrimas rodaban una tras otra sobre su cara, en un incontenible llanto.
Armando levanta la caja de cerillos y con aparente tranquilidad saca uno de ellos. Prende el cerillo y suelta la caja. Mira fijamente a Sara una vez más, ahora a través de la flama del cerillo, con la intención de dirigirle unas últimas palabras a su mujer -No hará falta que busques a otro de mis amigos,...- y mientras estas últimas palabras terminan de escabullirse de la boca de Armando, el cerillo prendido de Armando se desprende de sus dedos, cayendo inevitablemente sobre el vientre mojado de Sara –...hoy sabrás lo que es un ARDIENTE ENCUENTRO-.
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