Hace mucho tiempo hubo un león, triste, cansado, al que nadie respetaba. Unos, porque siendo el león el rey de la selva, le tenían miedo. Otros, porque a pesar de ser el rey de la selva, él sólo pensaba en tener amigos y no asustar a nadie, pero no le creían, o no le querían creer.
Cuando rugía, los unos le temían, los otros se asustaban. Cuando no rugía, los unos no se fiaban, los otros le miraban con recelo. En la selva, como en la sociedad de los humanos, hay muchos temores, muchas envidias.
En cierta ocasión, se dirigía el león hacia una de las escasas charcas que quedaban bajo el abrasador calor de la sabana, para refrescarse un poco, cuando, de repente, salió del agua un enorme cocodrilo, con unos dientes gigantescos, que hicieron retroceder al león.
- Buenos días, dijo el cocodrilo. Acércate que no te veo bien.
El león, pensando que era el rey de la selva y que, por lo tanto, no tenía que asustarse, rugió.
- Pero, ¿qué haces?, preguntó entre carcajadas el cocodrilo.
- ¿No te he asustado?, contestó preguntando a su vez el león.
- A mí no me asusta nada.
- Ni yo, si quiera.
- Tú, menos que nadie.
- ¿Por qué?, preguntó el león.
- Todo el mundo sabe que no asustas a nadie. Con dos rugidos te crees que embaucas a cualquiera. Todos en la selva están decepcionados contigo. Tú, que eras el rey de la selva y, ahora, ni siquiera te cuidas de los de tu especie. Por tu culpa, dicen, echaron de tu manada a una leona. No te ocupas de tus asuntos. Eres el responsable de todos los males que asolan a la selva.
- Pero si yo no quiero nada más que tener una vida tranquila, restañar las heridas que me han causado tantos años de lucha en solitario y que solamente me han sido gratificados con la desconfianza, hasta de los de mi propia manada. Fíjate, hasta me he hecho vegetariano para no dañar a ningún animalito de la selva.
- Sí, sí. Pero sigues siendo un león. ¿Quién puede fiarse de ti?.
- Yo sólo quiero estar al margen de todo. Os he dejado en paz y, me gustaría que hicieseis lo mismo. Cuando os atacaba, los unos me temían, los otros me rechazaban. Ahora, que ya no os ataco, también.
- Bueno, bueno, eso es lo que tú dices. Respóndeme, ¿es verdad todo lo que se dice de ti por ahí?.
- Pues mira, ya que me das la oportunidad de defenderme, lo haré, pero luego díselo a todos los animales de la selva para que se sepa toda la verdad. ¿Vale?, inquirió el león.
- Vale, contestó el cocodrilo.
El pobre león, después de echar un alrgo trago de agua de la charca en la que estaba el cocodrilo a medio sumergir, empezó así:
- Escucha. En lo referente a la leona que echaron de mi manada, no fui yo el responsable. Era la primera en la jerarquía de la manad, la más activa e inteligente cazadora, pero vino otro león más joven que no respetó la territorialidad ni la jerarquía, y le quitó el puesto. Protesté, pero nadie me hizo caso. Es más, lo vieron bien. Luego vino otro, y otro y, al final, ella se fue. La echo de menos, dijo el león escapándosele una lagrima por la mejilla. A lo mejor, continuó, debería de haber insistido más, pero un león no caza en solitario, ya sabes.
- Dicen que no me ocupo de mis asuntos. Es verdad, pero ¿sabes por qué?. Porque nunca he pedido nada para mí. Yo siempre era el último en comer de lo que traían de caza. Todo lo que hecho en la manada ha sido siempre por los demás miembros de la misma, por lo machos, por las hembras, por las crías, y nunca me he ocupado de lo mío. Es cierto. Sé que esto es un defecto, que en la selva sólo hay que ocuparse de uno mismo y olvidarse de los demás, amigos, predaores, carroñeros. A lo mejor debería ser como los demás. Pero no puedo.
- Dicen también que he puesto los ojos en otra leona de otra manada. Bueno, ya sabes que los leones tienen varias leonas en sus manads, es la ley de la selva. Además, desde siempre me han achacado el que he tenido varias leonas a parte de mi favorita. Pues bien, es lamentablemente falso. Debo ser el único león de esta selva que soy fiel a mi leona, pues la fidelidad es uno de los pocos principios de los humanos que merecen la pena asimilar.
- Han dicho también que no he ido a reuniones de la manad en las que se han tratado asuntos de interés para todos, poniendo como excusa el cuidado de mi progenie. Pues bien, mis crías no son una excusa. Hoy por hoy son la única razón de mi vida, la única gratificación que tengo en esta selva llena de sinsabores y agravios, la única que me mantiene en pie jornada tras jornada, la única que merece la dedicación que tengo. Lo que me parece ingrato es que esos y esas que comentan esto, y que han tenido también crías, piensen así. ¿O tú no cuidas con devoción de tu progenie?.
¡Que dificil es contentar a todos!.
- Soy el responsable de todos los males de la selva, yo, que posiblemente soy el único que he hecho algo por esta selva. Cuando encabecé la estampida de todas las especies contra los humanos que venían a cazarnos, ¿dónde estaban los de mi manada?. Cuando protegí para que no echaran a varios miembros jóvenes de mi manada, ¿dónde estabn el resto?. Cuando tuve que ir al consejo de ancianos de la selva a responder de varias acusaciones que profirieron contra mí los de mi manada, ¿dónde estaba el resto?. Es posible que a veces me equivocara, pero de ahí a que yo he causado todos lo males hay una diostancia infinita.
- Bueno. Ya te he contado lo que querías saber. Dime, ¿qué puedo hacer?.
- Si todo lo que dices es cierto, no parece que te estén tratando muy bien los de tu especie.
- ¿Entiendes ahora mi posición?. Si rujo, me rechazan. Si no rujo, me lo reprochan. ¿Serán los humanos iguales?.
- No sé, contestó el cocodrilo. No me he comido a ninguno, así que no se que piensan. ¿Por qué me lo preguntas?. ¿No estarás pensando en hacerte humano!.
- Hombre, si fueran distintos a lo mejor interesaba hacerse humano, pero me da la sensación de que deben de ser igual que nosotros.
- Probablemente.
- ¿Y qué puedo hacer?, volvió a preguntar el león al cocodrilo.
- No sé. En principios no te preocupes. Todo ha podido ser una mala interpretación sacada de contexto. Habla con todos los animales de la selva y explícaselo. Yo intentaré hacer lo mismo.
- ¿Y si no me creen?.
- Pues ..., se quedó pensando el cocodrilo. Sólo se me ocurre una cosa, dijo finalmente.
- ¿Cuál?, inquirió con ansiedad el león.
- Vuelve a ser un león.
- Quizás tengas razón.
Y de un certero zarpazo, mató al cocodrilo y se lo comió, ante las miradas atónitas y confundidas de todos los animales de la selva que se habían ido reuniendo en los árboles cercanos para escuchar la conversación y, a los que les empezó de nuevo a entrar miedo.
- Sí, quizás tenías razón, volvió a comentar el león antes de proferir el rugido más terrorífico y feroz que jamás se había escuchado en esa selva.
Ya sabes amiguito, en la
selva no se puede ser quien tú quieras. Debes de ser el que
quieran que seas los demás. Pero, eso sí, para todos igual.
Carlos Manuel da Costa Carballo
Madrid, a 28 de Abril de 1998