Un cuento para cada día
Alhaurín de la Torre, Málaga, Andalucía, 26 de marzo de 2003
Cantina
Oscar Bustamante Santiago de Chile oscarbus@hotmail.com
"Muchos opinan que la inteligencia es un estorbo para la felicidad.
El verdadero estorbo es la imaginación".
(Adolfo Bioy Casares, “Máscaras venecianas”)
Acaba de salir de su casa.
Lleva puesto un impermeable azul que le cubre hasta las rodillas y una
bufanda negra anudada como serpiente alrededor del cuello. Con una de sus
manos carga un moderno maletín café.
A primera vista, su andar cansino pareciera estar acorde con la
mañana nublada y fría que lo obligan a frotarse las manos. Un reloj análogo
marca el mediodía, confirmado a la distancia por un sonoro cañonazo. El
hombre mantiene su mirada al frente, aunque no camina erguido, sin prestar
atención a nada más que alguna vitrina frente a la que se detiene por unos
segundos.
Camina dos, tres cuadras. Junto a otros, frena en las esquinas a la espera de la luz verde que le indica "siga". Aunque a ratos mueve la cabeza intentando acomodar la bufanda, su gesto también es interpretado como de leve confusión por un transeúnte. El transeunte lo comenta con alguien y desaparece.
A mitad de la calle por la que camina del modo ya dicho, el hombre se detiene frente a un bar y entra. En su interior, veinte a treinta personas distribuidas entre la barra y las mesas sudorosas, consumen el tiempo en torno a cervezas y vino.
El hombre se quita el abrigo, desenrrolla la serpiente de su cuello y se acomoda en una mesa cercana a la barra. Disimula hurgueteando en el maletín mientras recorre el local con la vista. Por allá, dos borrachos estrellan en el aire sus copas vacías al tiempo que emiten un brindis interrumpido por el estridente eructo de ambos. Cerca suyo, el último sorbo de un anciano termina por ceder al temblor de esas viejas manos y se desparrama en el suelo.
El hombre observa con inquietud. Deja finalmente el maletín sobre una silla y pide una taza de café.
Mientras espera, de inmediato se recrimina el haber entrado a ese lugar, tan sórdido y maloliente a su juicio. "Curioso, se dice a sí mismo, pero ni siquiera me dí cuenta cómo entré acá. Deberían clausurar este sucucho. Se ve horrible".
Piensa en sus numerosos trámites matinales, en el almuerzo con la nueva secretaria y en la visita de amigos por la noche a su departamento.
Saborea el café en la boca y se adelanta a la conversación con Doris. De seguro irán a un buen restorán, comerán algún plato exótico y él le extenderá la invitación para el fin de semana en la costa. Ella en principio lo rechazará, objetando qué hacer con Pablito, si dejarlo con mi madre o con "mi hermana", advirtiendo que no se vayan a enterar en la oficina, que no es su estilo, más todo ese preámbulo con que siempre lo aburren. "Pero al final aceptan", piensa a la vez que sonríe orondo. Se le vienen a la mente entonces los nombres de Margarita, Andrea, Sandra, Isabel, junto a las imágenes de los grandiosos fines de semana en la playa. "Aunque claro, repite ironizando las palabras de su madre, aceptan tus invitaciones pero no es menos cierto que lo hacen porque constituyes una inversión para ellas. Tanto la condescendencia hacia tu persona como los favores sexuales que te brindan están condicionados por su ambición oculta de ascender en la oficina".
Este pensamiento lo entretiene, y acentúa la sonrisa que se fija en el respaldo de la silla que tiene enfrente. "Pero al final aceptan, mamá. Siempre aceptan".
El hombre saborea el café en la boca.
II
-Apostaría que Doris es la excepción, oye de pronto a sus espaldas.
Gira y ve al tipo sentado a la barra. Este lo mira con una mezcla de burla y reproche, a la vez que agrega:
-No digo yo que es infalible. Siempre miran. Todos son igualitos. Basta que uno, un pobre tipo sentado a la barra, repita una frase en voz alta para que de inmediato el aludido gire y me tienda esa mirada incrédula de "cómo adivinaste lo que estaba pensando". Amigo, termine ya con ese monólogo sobre su aburrido fin de semana y piense algo más interesante. Todo lo que tenga que ver con su vida no me importa. No es más que una soberana estupidez.
Confundido, el hombre vuelve a recorrer con la vista el local, esperando que alguien intervenga, pero todos permanecen absortos en su propia mesa.
-Perdón, responde intentando mantener la calma. Creo que usted me confunde. Ni yo lo conozco a usted ni usted a mí y, por lo tanto, no veo con qué derecho me habla de ese modo.
A medida que escucha, el tipo de la barra da un largo sorbo a su cerveza. Cuando la acaba, mira al hombre con sorna y dice:
-Sabe a qué me refiero, amigo. No es necesario que nos conozcamos para yo saber quién es usted. No crea ser el único. Son muchos los tipos como usted que entran a diario a este bar, se comportan de manera similar a la suya, piden algo para tomar e inician el tedioso monólogo ese de cómo remodelar este maloliente sucucho y qué decir a la hembrita de turno. Pasando ciertamente por los reproches de una madre autoritaria.
El hombre, que ya giró por completo y da intermitentes sorbos al café, quiere interrumpirlo pero el otro lo detiene con la mano.
-No me diga nada. Sé perfectamente que su madre quiere lo mejor para usted, que en el fondo todas las madres son iguales. Lo que me preocupan son sus ideas, amigo. Mire, le seré franco: yo me encargo de observar a personas como usted. Todos los días, de hecho, me ubico acá en la barra, lugar estratégico a mi juicio, me entretengo con un par de cervezas y cigarros esperando su llegada. A veces transcurren horas sin que ninguno ingrese, pero a la larga siempre lo hacen. Disculpe si le doy un trato genérico, pero, muy a pesar suyo, usted no se diferencia en nada del resto. Mi tarea, como le decía, si es que pudiéramos hablar de funciones, es la de darles la bienvenida, hacer las veces de anfitrión. Muchos me critican el estilo, que para qué tanta retórica, la cháchara está de más dicen, pero qué le voy a hacer amigo, todos caramos con la anidad. En eso somos parecidos. Yo también conocí alguna vez una Doris. Disculpe, ¿usted fuma?.
El cigarro que el otro le extiende, el hombre lo rechaza. Lleva instintivamente la taza a su boca, comprueba que está vacía y pide otro café.
-Mire usted señor, comienza diciendo paternalista a fin de recuperar la dignidad amenazada. Los motivos por los que yo entré a este bar, que desde un principio vi que no está a mi altura, difícilmente podría usted adivinarlos. Ahora, si producto de su ociosidad, que intenta confundir con un cierto privilegio, se arroga la facultad de desentrañar esos motivos y, más aun, profundizar en el tipo de persona que soy, no sólo se excede en su autoestima sino que francamente me ofende.
El hombre hace una pausa, da un sorbo al segundo café y, animado por el silencio del tipo de la barra, continúa con más énfasis.
-Como le decía, no sólo me ofende sino que me confirma el hecho que, definitivamente...
-Definitivamente, este lugar no es para usted, completa el de la barra mientras da una fuerte bocanada al cigarro. Ya me lo veía venir. No se desgaste amigo. Está usted hablando como su mamá, tan rápido y confuso como ella. Debo recordarle, sin embargo, (es mi obligación ya le dije) que ni a mí ni a ninguno de los presentes personas como usted pueden engañarnos. Menos sorprendernos. Sabemos perfectamente lo que piensan, lo que sienten y que sólo se esconden tras monólogos absurdos o argumentos flojos como éste.
-La discusión es entre ambos, observa el hombre con enfado al ser interrumpido.
-En absoluto, corrige el de la barra a la vez que suelta una carcajada. Que yo sea el único que hable, no significa que los demás no lo hayan reconocido. Le repito, yo sólo soy su anfitrión pero, por favor, no le quepa duda que tanto ese par de viejos absorbidos por el dominó, así como esos otros que persisten en el brindis, notaron de inmediato su entrada al bar. Si bien lo dejaron continuar con su burdo recurso de esconderse tras el maletín para observarnos, esperaban mi intervención en algún momento. A fin de cuentas, el día de hoy ha estado "flojo".
El tipo de la barra da otro sorbo, en tanto que el hombre recorre por tercera vez el salón con la vista. Aunque no lo demuestra, la insinuación de ser observado lo hace sentir incómodo. Tiende una mano hacia la bufanda pero esta se escurre por el respaldo de la silla.
Oblicuos rayos de luz se filtran por un ventanal y van a dar a los anaqueles frente a la barra. El humo, en tanto, se distribuye por el bar como una mansa nube de vapor.
III
El hombre, que ya siente lo enrarecido del aire, termina de anudarse la serpiente al cuello, da el último sorbo al café y recoge el maletín de la silla contigua.
-¿Piensa irse ya?, interroga el de la barra. ¿Tiene que ser así de precipitado todo?. Le confieso que esta es la parte que menos me gusta de mi ppel. Como que no va conmigo sabe. Pero claro, tampoco puedo se cínico. En el fondo siempre supe que con usted no sería fácil ser escuchado. Pero como me obliga me obliga a ponerme serio, debo comunicarle lo siguiente: si al franquear esa puerta usted no midió la consecuencia de su acto, no es nuestra responsabilidad señor. Pensé que nuestra conversación se extendería por más tiempo, pero ya que usted insiste en marcharse, me corresponde recordarle que eso no sucederá. Tampoco obtendrá algo mirándome de ese modo. Su enfado, en verdad, poco nos importa. Lo cierto es que todos reaccionan igual. Vamos amigo, no compliquemos el asunto.
-¡Por Dios!, exclama el hombre a la vez que reanuda el movimiento nervioso de su cabeza. Ya es suficiente. Si entré a este bar fue para tomar un café. Nada más. Ni siquiera debería yo darle esta explicación, pero su insolencia es tal que me obliga a decirlo. Por lo demás, ya se hace tarde para mis trámites. Permiso.
El hombre recoge el maletín, se acomoda la bufanda por tercera vez y gira hacia la puerta. Avanza unos pasos con resolución cuando ve a los dos tipos frente a ella. No sabe cómo aparecieron allí pero sus expresiones le revelan la intención de obstruirle el paso.
-
Permiso señores, les dice enfilando a la salida. Esta broma, si es que de
eso se trata, ya dejó de gustarme.
Intenta pasar pero los tipos no se mueven. Ni tampoco lo miran
cuando el hombre llega hasta su lado y, escudándose con el maletín, trata
infructuosamente de embestirlos.
-Vamos amigo, se oye desde la barra. Déjese de arrebatos violentos y sea razonable. Ya le dije que no saldrá de este bar. Si desea, puede darse el gusto de romper un par de vasos, los de la mesa del borracho a su lado por ejemplo, puede quebrar un vidrio o destruir una mesa. Con esa actitud estaría dentro de lo esperado.
El tipo se levanta del piso y ahora camina a lo largo de la barra. Ha encendido otro cigarro.
-No somos nada del otro mundo amigo. Al contrario, tal vez seamos lo peor de este, pero aquí estamos para ofrecerle la novedad que busca. Esa novedad de no escuchar más preámbulos aburridores de secretarias arribistas, que poco valoran el favor que usted les hace llevándolas un fin de semana a la costa. Esa novedad de desprenderse de mamá que persiste en no morir de una vez, como tan sensatamente lo hizo su padre, dejándole de paso la empresa que usted ahora administra más ese bonito reloj de oro. El trato es simple: usted se queda con nosotros, abandona su elegante vida y elige su mesa, su oscura y solitaria mesa, desde donde mirar el mundo, este reducido y pestilente mundo de vino, dominó y cervezas. ¡¡A fin de cuentas entre nosotros nos bastamos!!, exclama abriendo sus brazos de par en par.
El hombre mantiene aprisionado el maletín contra el pecho y jadea. Salvo los dos tipos en la puerta, todos los demás conservan una actitud indiferente. Un par de viejos se lanzan fichas de dominó, mientras que, cercano a la barra, un hombre mastica con entusiasmo un huevo duro. El hombre siente la opresión del humo en su cabeza y la excitación que lo recorre como termitas dentro del cuerpo.
-Señor, dice con un hilo de voz. Si desean el dinero se los puedo dar. Lo tengo aquí en mi billetera. Acá está mi reloj también. Pero no tengo nada más señor. Por lo menos de valor.
-Olvídelo, amigo. En verdad que es usted ofensivo. Ahora entiendo los reproches de su madre o de la chica de turno cada vez que se inquieta. No es dinero lo que queremos de usted, porque eso en verdad no tiene valor para nosotros. ¿O ha visto relumbrar algo entre nosotros acaso, en el puño de ese pordiosero o dentro de la boca de aquel desdentado?. Debería mirarse al espejo amigo. Creo que ya empezamos a parecernos un poco, con su pelo desordenado y el abrigo todo sucio. ¿Se dio cuenta de lo fácil que es llegar a parecernos, a confundirnos entre tanto humo?. Su gesto amerita un brindis.
El de la barra toma dos copas y las llena de vino. Se acerca al hombre y le extiende un vaso.
-A su salud amigo. Yo y todos le damos la bienvenida.
Encolerizado, el hombre agarra el vaso y lo estrella contra el piso. Gotas de vino van a dar a su pantalón.
IV
-¡¡Por la mierda!!, exclama fuera de sí. Cómo quiere que se lo diga. Ahí tienen el dinero, el maletín, el reloj de oro, todo lo de valor con que ando. Tómenlo ya de una vez y déjenme salir. Es lo único que pido.
Confundidas con el sudor, algunas lágrimas recorren las mejillas del hombre.
-¿Lo único que pido, dijo?. Tanta maravilla es increíble. Que fue del "último modelo" entonces o del culazo de Doris, o de todo aquello que lo desvela por las noches. No venga con huevas amigo.
El tipo da unos pasos y se detiene frente a una mesa sobre la que permanece recostado un borracho.
-¿Cree usted acaso que este viejo, este pobre viejo recurrió a argumentos como el suyo cuando le tocó su turno?. ¿O que esos otros dos del rincón hablaron de abandonarlo todo?. No se confunda. Aquí nadie habla de imposiciones o de abolir su voluntad. Usted entró a este local y desde ese momento decidió quedarse con nosotros. Qué más libre que ese acto. Es cierto que gran parte de nuestras vidas ignoramos su importancia, pero son esos mínimos actos los que deciden nuestra suerte, delinean nuestro futuro. Ahora lo invito; perdón, lo invitamos a que haga lo que desee: puede unirse a esa partida de dominó o sumarse al interminable brindis de más allá o, si así lo prefiere, elegir su propio rincón y acostumbrarse a éste, su nuevo hogar. Las reacciones histéricas y el llanto sobran. Después de todo, tómelo con dignidad amigo. Con la misma dignidad de la que tanto hablaba su padre.
V
A medida que oye, las palabras del tipo de la barra llegan con mayor dificultad a su mente que las recoge como las piezas desparramadas de un rompecabezas. Tal cual, su cabeza está a punto de estallar, de repartirse en pedazos por el local y quebrarse bajo la opresión del humo y el vapor que emanan desde el piso. Con ambas manos, el hombre se refriega los ojos. Al terminar, espera hallarse otra vez en la calle, de camino a sus numerosos trámites y al almuerzo con la secretaría. Eso desea precisamente, ver a Doris, putita arribista pero eficiente. Desea ver sus ojitos, esos ojitos pardos y movedizos que siempre ha pensado se pondrán blancos cuando la penetre en la playa, bajo un cielo estrellado y el aire marino. Sus dedos se humedecen y comprueba que ha llorado. Al retirar las manos, sin embargo, ve que todo permanece igual. Aun la barra enfrente suyo, las mesas y el vino derramado, sólo que la nube de humo se ha vuelto más espesa. Como emergiendo desde su interior, el hombre ve el rostro del tipo de la barra que se acerca.
-Prefiere no escuchar, ¿verdad?. Veo que no se resigna amigo. Veo que la desesperación gana terreno en su mente. Pero no importa. Olvidaba decirle que mi función también incluye esto: prepararlo para su encuentro con nosotros.
Sé que no es fácil. Para mí tampoco lo fue en su momento. ¿Le digo algo?. Eramos parecidos cuando entré por primera vez a este local. Como usted, me desvelaba la idea del prestigio, me sentía elegido para grandes cosas por hacer, soberbios proyectos en mente. Lugares como este me eran por cierto despreciables.
Como usted, tampoco sé por qué entré aquí. Por ese entonces, su fachada era la misma y nunca antes lo había visto. Me senté con desconfianza en un rincón y observé todo y una otra vez. Mientras bebía un café, me fui internando en cavilaciones absurdas, similares a las suyas.
Fue entonces cuando un tipo desde esta misma barra me increpó aun más duramente a como yo lo hice y me explicó lo que ya le he dicho. Como usted, al principio me resistí, intenté huir pero todo fue infructuoso.
El primer período entonces lo pasé oculto y lamentándome en un rincón del bar pero luego (el hombre es un animal de costumbres, recuerde) me adapté al sabor rancio de la cerveza, a la pestilencia del vino derramado por días y al humo adherido a mi ropa. Pero, sobre todo, me acostumbré a mí mismo, a mi propia soledad de esa mesa.
Al desaparecer, me correspondió reemplazar al tipo de la barra. Desde entonces (de esto ya van muchos años), he debido comunicarle lo mismo a toda clase de personas. Como dije, en un principio nos resistimos. Siempre creemos que nos queda algo importante por hacer, que el mundo espera por nosotros, cuando en verdad ya está todo hecho. Cuando en verdad no somos más que variaciones de un mismo tema amigo.
Apostaría que lo que más le molesta de ese maldito preámbulo de sus secretarias es saber que no es más que un parlamento, apenas un texto para el cual usted tiene preparada la respuesta justa, la réplica memorizada pero convincente. Apostaría que el problema no son las advertencias y reproches de mamá sobre cómo conducir su vida y preservar la memoria de su padre, sino el hecho de saber ambos que ellos en verdad nada tienen que ver con su vida ni con ese hombre cuya única memoria se reduce a un ramo de flores cada 4 de agosto.
Despreocúpese entonces de su secretaria y de sus trámites, amigo. Algún otro la seducirá por usted. Algún otro llenará esos papeles.
VI
Ya no ve. Los ojos del hombre se han nublado por completo tras la espesa cortina de humo en la que se pierde el rostro del tipo de la barra y las lágrimas que no han dejado de caer por su rostro. Aunque desde su mente ordena movimientos al resto del cuerpo, éste no obedece, permanece detenido en medio del local, sosteniendo apenas el maletín y la presión de la bufanda anudada al cuello. "De un momento a otro me desplomaré aquí mismo", piensa. "Estoy perdido".
De pronto, desde la gran nebulosa en que se ha transformado el local, oye como si una muchedumbre pululara a su alrededor, acompañada de un molesto chirrido de sillas y mesas.
Comprende entonces que esas voces vienen a su encuentro...
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