Un cuento para cada día
Alhaurín de la Torre, Málaga, Andalucía, 22 de abril de 2003
Anastasia
JOSE tartucas@hotmail.com
Así lo hicieron.
Cuando nació José, Utia se convirtió en su guardiana gruñéndole a cuantos se acercaban a la canasta donde él dormía. Cuando dos años más tarde nació Helena hizo lo mismo, pero con el tiempo Helena la esclavizó convirtiéndola en su mayordomo, en su compañera de juegos, y no había día en que no apareciera Utia en el salón vestida con las más estrafalarias vestimentas que la imaginación de Helena podía inventar, y siempre con una casi humana cara de resignación.
Así pues se habían traído a la nueva casa todas sus pertenencias. Tanto las necesitadas como las inservibles, como sucede siempre, y es que los humanos somos reacios a desprendernos de las cosas aún cuando ya no nos sirven para nada.
No se puede decir que la urbanización estaba mal iluminada. Efectivamente contaba con farolas que iluminaban la noche, pero sí se puede decir que los árboles y demás objetos que hay en las calles creaban zonas de sombra. Estas sombras eran aprovechadas, aquella noche, por una gata que aún no sabía que se llamaba Anastasia. Iba andando sigilosamente buscando las penumbras en aquella calle de la urbanización.
Andaba atenta, expectante, con su enorme rabo, peludo como él solo, completamente vertical. A cada paso quedaba quieta escudriñando con sus enormes ojos redondos su alrededor. La delataba el pelo blanco de su panza y un triangulo igualmente blanco en el hocico, mezclándose el resto del pelo con las sombras que buscaba, por ser negro como la noche. Si alguien la hubiera visto, hubiese adivinado que estaba preñada a juzgar por la enorme barriga que tenía.
Estaba cansada y hambrienta y su único deseo era encontrar un sitio tranquilo, alejado de la gente y de los coches para poder parir, pues la naturaleza le indicaba que ya estaba cercano el momento.
Anastasia, como era un gato, con su vista de gato vio una rendija abierta en una ventana que había a ras del suelo, en una de las casas de la urbanización. Cansada como estaba, pensó que entre las dos opciones que se le presentaban, a saber: una, quedarse por las calles y tener a sus gatitos en cualquier lugar, donde sus hijos, seguro, pasarían frío y ser atacados por otros animales. Dos, meterse por aquella rendija y buscar un sitio tranquilo, un techo y un lugar calentito que ofrecerle a su prole.
El sótano donde entró estaba oscuro, si acaso una débil claridad se deslizaba por unas ventanas rectangulares que había en la pared de enfrente. Estaba lleno de muebles y cachivaches que se le escapaban a su comprensión de gata. Con las pocas fuerzas que le quedaban, husmeó por el sótano hasta que encontró una puerta entreabierta que daba a un cuarto diminuto, donde un motor funcionando le proporcionaba un ronroneo lo más parecido al de los gatos. No podía saber que era el motor de la pequeña piscina que había en el jardín por donde acababa de pasar. Se acostó a descansar en un montón de viejos periódicos y antes de poder dar gracias por encontrar un sitio tranquilo, se quedó dormida al arrullo del ronroneo metálico.
Helena tenía 4 años, pero su mente despierta la hacía parecer mayor. Tenía unos ojos enormes y casi tan redondos como un gato y tres remolinos en el pelo, lo que había hecho que su madre desistiera en el empeño de dejárselo largo, así que lo llevaba corto y siempre de punta.
Andaban los tres en el sótano, como cada día desde que les dieran vacaciones en el cole, hurgando en una caja que contenía los trajes de disfraces y ropa de los padres que ya no usaban, y seguramente no usarán ya nunca.
Helena se vistió con los trapos más raros que encontró. José y Javier reían al verla así.
¾ Zoy una princeza ¾ dijo muy ofendida por las risas de los niños.
¾ Anda ya, si las princesas tienen una varita mágica y tú no la tienes ¾le respondió José.
Helena puso cara de frustración y desapareció por las escaleras que conducen a la casa mientras Javier y José seguían buscando la ropa y los disfraces más vistosos. Al cabo de un rato, volvió Helena más seria que un ajo y sin el pestañear de sus enormes ojos se plantó delante de aquellos dos incrédulos. Llevaba, Helena, un trapo de cocina en la cabeza a modo de corona, el tapete de ganchillo que cubre la mesita del salón sobre la espalda y una escoba enarbolada a guisa de varita mágica. Al no hacerle caso ninguno de los dos gritó:
¾ ¡Y ahora, zoy una princeza o no?!
¾ Sí es verdad, ahora sí que eres una princesa. Siéntate en esa caja y quédate quieta, quieta como las princesas ¾ le dijo José.
Helena fue andando muy despacio y muy tiesa. Tanto para que no se le cayese la corona de trapo de cocina, como para aparentar esa solemnidad que tienen las princesas y se sentó lentamente en el trono que le había indicado su hermano, con la varita mágica apoyada en el suelo. Parecía, de esa manera, que los pelos de la escoba eran los rayos que cualquier varita mágica que se precie debe lanzar. Desde allí, siguió los juegos de los niños sin mover un solo músculo de su cuerpo, como una verdadera princesa. Pasado un rato se dio cuenta de que no eran las princesas las que llevan varita mágica, sino las hadas, por lo que un color carmín fue inundando sus mejillas y avergonzada y a modo de represalia dijo:
¾ Ahora ya no voy a zer máz una princeza, ahora voy a zer un cocodrilo.
Lo dijo con voz siniestra. Se quitó el mantelito y el trapo de cocina y poniendo las manos una encima de otra se las llevó a la boca y con gruñidos que asustarían a un cocodrilo de verdad se tiró contra los dos niños abriendo y cerrando briosamente sus mandíbulas que no manos, lo que dejaba entrever sus dos filas de dientes, que no dedos. Esto produjo la desbandada de los niños saltando por entre los muebles y las cajas del sótano entre risas y golpes.
José tenía la mala suerte de que cuando le daba la risa floja caía sin fuerzas al suelo sin poder moverse, cuanto menos defenderse. Esta situación era aprovechada por el cocodrilo para zampárselo a sus anchas. Javier vino en su ayuda y empujó al cocodrilo para evitar su fácil festín.
¾ ¡Me has pegado!. ¾ dijo Helena volviéndose a Javier.
Se hizo un silencio en el sótano mientras que las caras de Javier y José, con la boca abierta y ojos fijos en Helena, tenían una expresión de indefinible incredulidad.
Helena no entendía por qué se habían vuelto tan raros estos niños.
¾ ¿Dilo otra vez? ¾ pidió José con cara de ver una aparición.
¾¡Me has pegado!. ¾ volvió a repetir entre ofendida por sentirse vapuleada por su hermano y asombrada ante las caras de los dos.
Javier, atónito y señalándola con un dedo dijo:
¾ Ha dicho me has pegado, ya no habla con la zeta.
¾¡Me has pegado!. ¾ insistió Helena ufana de su rápido crecimiento. ¾ ¡Me has pegado!.
José escandalizado subió corriendo las escaleras
¾ ¡Mamá, mamá, Helena habla con las eses!
Detrás Helena, solemne, subía la escalera despacio mientras se sentía crecer, mientras saboreaba el fin de su niñez y pasaba a engrosar las filas de los mayores. La madre estaba en la cocina, adonde llegaron los dos niños corriendo y gritando.
¾ ¿Qué pasa? ¾ preguntó la madre. Javier y José hablaban atropelladamente sin que la madre pudiera entender nada de lo que decían. En este momento entró Helena en la estancia y los dos niños quedaron mudos mirándola con los ojos y la boca muy abiertos. La madre volvió la vista a Helena insistiendo en la pregunta y Helena la miró muy seria diciendo:
¾ ¡Me has pegado!.
¾ ¡Helena, ya hablas con las eses! ¾ dijo la madre, y lo dijo en un tono de tal admiración que Helena pensó que era el día más feliz de su vida
¾ Zí ¾ le contestó.
Helena estuvo todo lo que quedaba del día repitiendo la misma frase ¾ ¡Me has pegado!. ¾ ¡Me has pegado!.
Se lo decía a las macetas, a la lámpara, a la puerta del cuarto de baño, a Utia que, ante una posible represalia por la incierta denuncia, corría a esconderse debajo de la mesa de camilla rezándole a Pluto para que no la encontrase. Así hasta que llegó el padre quien también aplaudió el final de su niñez.
Helena era ya una adulta más y como tal se comportaría.
CAPÍTULO II EL DESCUBRIMIENTO
A la mañana siguiente el timbre de la puerta resonó tímidamente y la madre fue a abrir.
Era Javier.
¾ ¿Tan temprano? ¾ dijo la madre de Helena.
¾ Sí, es que mis papas aún no se han levantado. Y me han dicho que desayunara yo solo, pero no sé hacerme leche caliente.
¾ Anda, pasa, están en la cocina. Ve para allá que enseguida te preparo un desayuno.
Allí estaban Helena y José bebiéndose un buen vaso de leche y comiéndose las galletas, lo que hizo que a Javier se le llenara la boca de saliva.
¾ ¿Qué vamos a hacer ahora?. ¾ la pregunta surgió de José una vez terminado el desayuno.
¾ Podríamos ir a la piscina. ¾ apunto Javier.
¾ No, que aun no habéis hecho la digestión ¾ aseveró la madre desde el fregadero donde lavaba los vasos y platos usados en el desayuno.
¾ Puez noz vamoz al zótano a penzar ¾ ofreció Helena. Así lo hicieron y se encaminaron alborozados al sótano.
Allí sentados, en los cajones que había debajo de la ventana del fondo, Javier propuso jugar a los piratas.
¾ Zi, pero loz pirataz tienen un gorro de pico en la cabeza ¾ interpeló Helena mientras recordaba a ese famoso pirata que había visto en un libro con un gorro de pico y una mano en el pecho metida por dentro de la casaca.
¾ En el cuarto del motor hay periódicos, podríamos hacernos nosotros los gorros ¾le contestó José.
¾ Puez vé tú a por el “pedriorico” ¾ dijo Helena señalándolo y utilizando la voz de pensar “siempre me toca a mí”.
¾ No, que vaya Javier ¾ dijo José a su vez señalando a Javier.
¾ No ¾ dijo Javier señalándola al mismo tiempo. ¾ Que vaya Helena.
Así estaban señalándose unos a otros cuando Helena dijo con la voz de pensar “efectivamente, siempre me toca a mí”:
¾ Eztá bien, voy yo, pero el máz bonito de loz zombreroz zerá para mí. ¾ y se dio la vuelta dirigiéndose al cuarto del motor. La puerta gimió un poco, como de costumbre, al abrirla.
¾ ¡Andaaaaaaaaa, una ardilla!
¾ Que va a ser una ardilla, aquí no hay ardillas, además lo dices para que vayamos ¾ interpeló José
Pues mi papá dice que las ardillas están siempre donde menos te las esperas. ¾ dijo Javier
La gata despertó de su letargo. Se notaba dolorida y hambrienta. Se despertó por el ruido de la puerta al abrirse y por la exclamación de Helena al localizarla. Miró con sus ojos redondos a los redondos ojos de Helena y maulló débilmente pidiéndole comprensión y a ser posible un desayuno.
¾ ¡Me eztá mirando y habla como loz gatoz!. Ezta ardilla zabe idiomaz. ¾ dijo Helena y siguió mirándola atónita.
¾ Mira, voy a ir, ¾ dijo José ¾ pero sé que no hay nada. Voy a ir aunque luego te rías de mí, pero me da igual.
Al llegar a la puerta quedó perplejo al descubrir a la gata entre los periódicos.
¾ Andaa, si es verdad!
¾ No pienso ir, ¾ dijo Javier ¾ me dan igual las ardillas, además queréis reíros de mí.
Como no le hicieran caso ni José ni Helena a lo que decía Javier, y en vez de insistirle seguían con la mirada fija en algún punto del interior del cuarto del motor, Javier no tuvo más remedio que acercarse hasta la puerta.
¾ Bah, no es una ardilla, es un gato ¾ exclamó al verla.
¾ No ez un gato, ez una ardilla y ez mía que para ezo me la he encontrado yo ¾ dijo Helena.
Anastasia, que aún no conocía su nombre, quiso explicarle a los niños todo lo que le había pasado. Les dijo que estaba cansada de escapar de todos los sitios, que le habían pegado en una pescadería, que la había atropellado un repartidor de pizzas, que se encontraba hambrienta y cansada y que estaba preñada. Les pidió por favor que la dejaran estar allí para descansar y que más tarde se iría. Les pidió algo de comer si tenían. Pero los niños solo escucharon unos maullidos flojitos y vieron dos rayas verticales metidas en dos rajas horizontales que los miraba desde los periódicos.
Javier le contestó: ¾ Es un gato. ¿Cómo va a ser una ardilla? . Las ardillas vuelan y eso no tiene alas.
¾ Poz zi ez una ardilla. Mira como tiene el rabo lleno de pelo, lizto, que erez un lizto. Que yo laz he vizto como zaltan de un árbol a otro en televizión. Loz gatoz no tienen tanto pelo en el rabo.
¾ Pues no es una ardilla, es un gato. Además tu eres aún muy pequeña para saber la diferencia entre una ardilla y un gato ¾ le dijo Javier.
¾ ¡Me has pegado! ¾ le contestó Helena muy seria y ofendida, con lo que dejó claro que ella no era pequeña.
José, puso fin a la pelea que se iniciaba diciendo:
¾ No, Helena. Es un gato. Pero a lo mejor es una gata porque tiene barriga.
¾ Puez mi profe tiene barriga y no ez una gata ¾ dijo Helena mientras recordaba al orondo Don Manuel.
¾ Y mi mamá también tiene barriga y no es una gata ¾ dijo Javier ¾ Tiene barriga porque esta esperando un hermanito para mí.
Se produjo un silencio en el que solo se oía a Anastasia pidiendo algo de comer. Se miraron los tres y casi a la vez dijeron:
¾ ¡Va a tener gatitos!
La gata intentó levantarse para irse de allí. No entendía la conversación de los niños. Pensaba que se estaban peleando por ella, porque no querían que estuviese allí. Sería mejor desaparecer.
¾ ¡Se quiere ir, se quiere ir! ¾ gritó Javier.
¾ ¡No, Jozé, no la dejez que ze vaya ¾ imploró Helena.
¾ Entretenedla mientras le traigo algo de comer a ver si así se queda ¾ dijo José mientras subía las escaleras corriendo. Por el camino oyó a Helena gritar ¾ No le digaz nada a mamá que noz la quita.
A los pocos segundos volvió a bajar con un plato tapado con papel de aluminio.
¾ ¿Qué has traído? ¾ preguntó Javier.
¾ No sé, ¾ dijo José ¾ lo primero que he cogido del frigorífico.
Abrió el papel y resultó ser salchichón cortado en rodajas a modo de aperitivo.
¾ ¿Zabéiz zi loz gatoz comen zalchichón? ¾ Preguntó Helena con cara de incredulidad.
¾ No lo sé ¾ respondió José ¾ pero es lo primero que he pillado. Además mamá estaba cerca y no he podido mirar más.
Pusieron el plato delante de la gata y ella comenzó a comer despacio, pero todo. El cansancio, el saber que los niños no le iban a hacer nada y el haber comido algo, la llevaron de nuevo al sueño.
¾ No hagáis ruido, que se ha dormido, dijo José, vamos a sentarnos para pensar que hacemos.
Se sentaron entre los muebles y las cajas y cerca de la ventana del fondo.
¾ Lo primero que tenemos que hacer es ponerle un nombre ¾ dijo Javier. A lo que Helena se apresuró a proponer:
¾ Ya eztá, ze llamará Copito de Nieve.
¾ Anda ya ¾ replicó José ¾ Copito de Nieve...
¾ ¿Por qué no? ¾ preguntó Helena.
¾ Porque es un nombre cursi y además porque la nieve es blanca y la gata es más negra que el cerote.
Helena quedó callada un rato
¾ ¿Qué ez cerote? Le pregunto al hermano.
¾ No lo sé, pero mamá dice siempre “es más negro que el cerote”
No quedó muy satisfecha Helena con esta explicación, pero Javier siguió con la retahíla de nombres y no podía permitirse ninguna otra ocupación mental que no fuese la disputa por el nombre de la gata.
¾ Ya sé, ¾ arguyó Javier ¾ puede llamarse Chocolate. El chocolate es negro pero también puede ser blanco. Y la gata es negra y blanca.
¾ No, ¾ saltó enseguida Helena ¾ porque chocolate ez hombre, zi acazo chocolata, ¾ mientras se la imaginaba envuelta en papel de plata, tan rica.
Javier apuntó una nueva propuesta: ¾ También se puede llamar Eloisa como mi hermanito si es niña.
¾ No, ya sé, se va a llamar Anastasia, como mi seño ¾ apuntó José
¾ Ezo, para ezo ze llama Don Manuel como mi profe. ¾ Indicó Helena.
¾ Aleeee, ¾ dijo Javier ¾ si es una gata ¿cómo se va a llamar Don Manuel?
¾ Pues entonces se llamará Anastasia, ¾ aseveró José.
¾ Claro, porque eztaz enamorado de tu zeño, ¾ dijo Helena, lo que provocó una subida de color a la cara de José.
¾ ¡Eso es mentira! ¾ Se defendió y para disimular su rubor le tiró cuantas cosas encontró a mano a su hermana.
¾ Callaos ¾ dijo Javier ¾ la vais a despertar.
¾ Vamos a votar para ver que nombre le ponemos ¾ dijo José ¾, yo voto por Anastasia.
¾ Yo voto por Anastasia también, ¾ se definió Javier.
¾ Poz yo por Don Manuel, ¾ dijo muy seria Helena.
¾ Pues entonces, decidido, se llamará Anastasia, ¾ apuntó Javier.
¾ Maldita zea, ¾ rumió Helena ¾ ze va a llamar toda la vida como eza eztúpida. ¾ y se imaginó a la gata con gafas y vestida con aquel ridículo traje de pantalón que solía llevar la seño Anastasia y más negra que el cerote, mientras todos los gatos del barrio se reían de ella.
¾ ¿Qué comen los gatos? ¾ preguntó José trayendo de nuevo a la realidad a Helena.
¾ Poz qué van a comer, poz lo mizmo que loz perroz, ¾ aseveró Helena ¾ poz, poz... comida y chuchez y...,y...
Javier apuntilló ¾ Si, pero cuando se está preñada se comen otras cosas, mi madre se hincha de fresas con nata que mi padre tiene que ir a comprarle porque si no llora.
¾ ¡Frezaz con naaaataaa!. ¿De donde zacamos frezaz con nata?
Preguntó Helena casi desconsolada, pensando que si no tenían fresas con nata la gata podría morir de inanición.
¾ Que no, que yo lo sé, que lo que más le gusta a los gatos es el pescado ¾apuntilló José.
¾ ¡Puaj! ¾ dijo Helena ¾ no me guzta.
¾ Pero ¿de donde lo vamos a sacar? -preguntó José.
¾ En mi casa hacen de vez en cuando ¾ dijo Javier.
¾ Pues hay que decirle a mamá que haga pescado.
¾ Pero a mí no me guzta.
¾ ¡Tonta! Si no es para ti ¾ aclaró José ¾ además si te tienes que comer un poquito tampoco te va a pasar nada. ¿Qué quieres, que se muera de hambre?
Helena sopesó un rato esta frase y se imaginó una lápida con una inscripción que decía: “Aquí yace Anastasia, muerta porque Helena no quiso comer pescado”. Y en la televisión, a la hora de comer, que es cuando ponen las barbaridades más gordas, “En una casa de la urbanización “Los Rosales” ha muerto Anastasia porque Helena se negó a comer pescado”, y las cámaras de televisión en la puerta de la casa grabando las escenas de cuando la policía saca a Helena esposada y la meten en un coche celular.
Helena subió a la casa y fue hasta donde estaba su madre.
¾ Mamá, hoy quiero comer pezcado.
Extrañada la madre se le quedó mirando como quien ve a un extraterrestre.
¾ ¿Qué me dices? Si nunca te lo comes.
¾ Pero hoy zí.
¾ Me dejas pasmada. ¿qué te ha pasado?.
¾ Nada, pero quiero pezcado.
¾ Bueno pues te haré bacalaicas fritas.
¾ ¿Eze ez el mejor? ¾ preguntó Helena pensando que ya que tenía que hacer el sacrificio, al menos que el pescado fuese el mejor.
¾ Todos son buenos, Helena, pero este está riquísimo. Si de verdad te lo comes, te regalaré una sorpresa.
¾ Vale, ¾ dijo Helena mientras volvía de nuevo al sótano. Ya la imagen de ella esposada por la muerte de Anastasia había desaparecido para dar paso a la entrega de los Premios Nóbel donde recibía el de la Paz mientras una voz en of hablaba: Se lo entregamos a Helena por el inmenso sacrificio hecho al comerse unos repugnantes pescados para salvarle la vida a Anastasia. Así que le hacemos entrega de un camión lleno de chucherias”. Antes de llegar a la puerta que da a las escaleras del sótano se volvió a la madre:
¾ Dame un euro mamá.
¾ ¿Para que lo quieres?
¾ Para comprarme chuchez.
¾ Bueno toma, pero que te acompañe José, no quiero que vayas sola por las calles. Pero es para los tres, además no os toméis todas las chuches que luego no os coméis el pescado tan rico que os voy a preparar.
¾ Que ziiiii mamááá...
¾ Mamá, ¿qué ez un cerote?.
¾ Es una mezcla de pez y cera que usan los zapateros para encerar los hilos con que cosen los zapatos.
¾ ¡Puaj! ¾dijo Helena para sí ¾ Tenía que zalir el maldito pez.
Helena abrió la puerta que da a la escalera del sótano y llamó:
¾ ¡Jozé, Javier, venid que tengo un euro que me ha dado mamá para chuchez. Vamoz a comprar!.
Subieron José y Javier y Helena repitió:
¾ ¡Tengo un euro, me lo ha dado mamá para comprar chuchez. Vamoz a ver zi hay chuchez para gatoz.
En la tienda se suscitó una polémica sobre las chuches que deberían o no comprar.
¾ Gominolas no, que se le pueden caer los dientes, ¾ argumentó José.
¾ Puez nubez y... ¡regaliz! ¾ gritó jubilosa Helena por haber encontrado una palabra con zeta.
¾ Andaaaaaaaaaa, eso tiene también azúcar. Tiene que ser algo sin azúcar ¾ apuntó Javier.
¾ Puez que no ze loz coma, me loz como yo. Que el euro me lo han dado a mí.
José se acercó a la dependienta ¾ ¿tienen chuches sin azúcar?
¾ Pues sí, las pipas, cacahuetes, garbanzos tostados... hay muchos. Están en aquella estantería.
Se acercaron a la estantería indicada.
¾Andaaaaaaaaaaa!!! Mirad.... eztoz zi que zon para gatoz... ¾ dijo Helena señalando unas galletitas diminutas con forma de pez.
¾ Bueno, ¾ apuntó José ¾ llevaremos estas para Anastasia y de los que se caen los dientes para nosotros ¿eh?.
Los tres estuvieron de acuerdo, por lo que pronto estuvieron de vuelta en el sótano con los preciados manjares. Anastasia, efectivamente, dio buena cuenta de las galletitas en forma de pez, lo que mentalmente anotaron los niños para futuras ocasiones. Lo que no sabían era que si se las comió todas fue porque tenía un hambre de mil demonios y hubiera sido capaz de comerse las nubes y demás golosinas, sin importarle mucho el estado en que quedaran sus dientes después de la comilona. Tampoco ellos se quedaron mirando mucho tiempo a ver como comía la gata, sino que prestaron más atención, cada uno, a las chuches que se zampaban los otros dos, no fuera a ser que se pasaran de listos cogiendo más de las debidas.
Una vez acabado el banquete, Javier dijo en tono preocupado:
¾Bueno, ya sabemos que le gustan las galletitas con forma de pez y el pescado, pero no todos los días nos van a hacer pescado en nuestra casa,ni vamos a tener un euro, así que hay que pensar que otras cosas le podemos dar de comer.
¾ Le podemos robar comida a Utia ¾ propuso Helena.
¾ O podemos robarle a algún gato que haya en la urbanización ¾ apuntó José.
¾ ¿Queréis que vayamos a la cárcel? ¾ preguntó Javier. ¾ Además no sabemos donde vive ningún gato por aquí cerca. Tenemos que preguntarle a alguien que sepa ¾ y quedó pensativo.
¾ ¡Oye! Hay un veterinario al final de la calle, ¾ dijo José, que al notar la cara de extrañeza de Javier se dirigió a Helena ¾ sí, el que le puso la madera en la pata a Utia, ¾ cómo no iba a recordar Helena el día que se empeñó en montarse encima de Utia como si fuese un caballo de carreras.
¾ Pues le podemos preguntar a él ¾ dijo Javier.
¾ No podemoz, ¾ argumentó Helena ¾ eze hombre conoce a papá y a mamá, y ze lo dirá y ze la llevaran.
¾ Pues hay que inventarse algo ¾ aseveró Javier ¾ Podríamos preguntarle como si fuera un trabajo para el cole, así no se dará cuenta.
Helena se levantó.
¾ A verla, ¾ contesto ella.
¾ ¡Pues no, déjala que está durmiendo!
Se oyó la voz de la madre desde la casa.
¾ Helena y José, a comer, y tú Javier, ha llamado tu madre diciendo que te vayas inmediatamente a tu casa también.
¾ ”Bueno, esta tarde, cuando abra, iremos al veterinario ese amigo de tus padres. En cuanto termine de comer me vengo a tu casa” ¾ cuchicheo por lo bajo Javier para que no lo oyera la madre.
¾ ”De acuerdo” ¾ cuchichearon a su vez Helena y José mientras todos se levantaban y subían la escalera camino de la comida, excepto Helena que iba camino del patíbulo, dado el poco amor que le tenía al pescado.
Cuando Helena se sentó a la mesa y vio aquella enorme fuente de pescado presidiendo el centro, dejó volar su imaginación y no se extrañó al ver entrar por la ventana a un zapatero, que cogiendo los pescados los mezcló con la cera que se sacaba de una oreja y se ponía a coser zapatos como un loco. Llevaría ya al menos 10 zapatos cosidos cuando oyó la voz de su madre.
¾ ¡Helena, despierta ya y ponte a comer!
Al final de la comida, Helena, había sisado tres pescados que había liado en la servilleta que tenía encima de las piernas y José solo uno. Eso y todo que la madre estaba más pendiente de Helena que de José. Además estuvo a punto de pillarla cuando se levantó a buscar algo en un armarito, con lo que le dio la espalda a Helena y con ella la oportunidad de sisar un nuevo pescado de la fuente. Pero la mala fortuna quiso que en ese momento la madre se volviera.
¾ ¿Qué haces Helena?. No toques ahí, si quieres más me lo dices y te pongo yo ¾ apoyándose en estas palabras, la madre le sirvió otro pescado mientras le decía.
¾ ¿No ves como están buenos? Y pensar que tú nunca querías ni probarlo.
La cara de Helena transmitía un mar de sensaciones contradictorias. Por un lado la sonrisa dedicada a su madre que hablaba de lo rico que estaba el pescado y por otra parte el rictus derivado del esfuerzo que estaba haciendo para tragarse “aquello”.
A José, por otro lado, esta escena le produjo su característica risa floja que hizo que la madre lo expulsara momentáneamente de la cocina y se oía, desde el salón, su risa derramándose por el sofá. De tal forma perdía las fuerzas josé, que se le cayó de las manos la servilleta que contenía el pescado que tanto esfuerzo le había costado sisar, y Utia, sentada a su lado, dio buena cuenta de él sin que José pudiera hacer nada por evitarlo.
Mientras, Helena, terminó de tomarse aquel pescado a la vez que se imaginaba a José nadando en un río lleno de cocodrilos pidiendo socorro sin encontrar la más mínima ayuda.
Ni qué decir tiene que la gata dio buena cuenta de todos y cada uno de los pescados birlados en la cocina.
Mientras la gata comía aquellas bacalaicas, Helena y José no paraban de mirarla.
¾ ¡Mira Helena, se están moviendo los gatitos!
¾ ¡ZI ez verdad!
Efectivamente la barriga de la gata no paraba de moverse como si alguien empujara desde dentro.
¾ Embelesados como estaban observando los movimientos de los gatitos dentro de Anastasia, a José le asaltó una duda:
¾ Que raro.... ¾ pensó en voz alta ¾ no ha hecho caca ni pipí ninguna vez.
Este misterio pilló desprevenida a Helena que jamás había pensado en esa posibilidad, y se quedó pensativa sin decir nada. En ese momento llegó Javier al que le contaron su preocupación sobre las cacas y los pipís. También se quedó pensativo y al rato dijo:
¾ ¿Los gatos?, ¿tenéis un gatito?
¾ ¡No! ¿Qué comen loz gatoz?
¾ Espérate un ratito que enseguida te atiendo ¾ dijo el veterinario.
Al cabo de unos minutos salió despidiendo a la señora y a michito.
¾ Porque ez un trabajo para el cole de la zeño Anaztazia.
¾ Pero Doña Anastasia es la seño de los mayores, que mi hija va allí y es mayor que tú.
¾ Ez para mi hermano, que le da vergüenza venir.
¾ Pues no se que decirte, los gatos deben llevar una dieta equilibrada. Un gato adulto, o sea que tenga más de un año, solo requiere una dieta de mantenimiento. En las tiendas venden este alimento. Mira ¾ siguió hablando mientras se levantaba y cogía una bolsita de comida para gatos ¾ esto es comida para gatos, se la das a tu hermano y que lea las instrucciones. De ahí puede sacar algo. Dile que la alimentación de perros y gatos es diferente porque, por ejemplo, los gatos requieren taurina en su dieta y los perros no.
Helena absolutamente ajena a la explicación no paraba de asentir a cada una de las explicaciones que le estaba dando el veterinario.
¾...A un gato no se le puede dar comida de perros. Pero a un gatito no se le puede dar una dieta de mantenimiento...
Observó el veterinario que, Helena, andaba perdida en la explicación por lo que volvió a levantarse y tomando un pequeño libro en la mano se dirigió a ella.
¾ Mira, te vas a llevar este libro. Es sobre la nutrición de los gatos en todas las edades y situaciones. Pero dile a tu hermano que me lo tiene que devolver cuando acabe el trabajo.
¾ Graciaz.
Como viera el veterinario que Helena no se levantaba, muy al contrario, seguía con su mirada penetrante fija en sus ojos, le preguntó:
¾ ¿Tienes alguna pregunta más, Helena?
¾ ¿Por qué loz gatoz no hacen caca ni pipí? ¾ soltó Helena su pregunta.
¾ ¿Qué? ¾ preguntó el veterinario aunque había entendido la pregunta.
¾¿Por qué loz gatoz no hacen caca ni pipí? ¾ preguntó de nuevo.
¾ Claro que lo hacen. Además son los animales más limpios que existen. Cuando viven en una casa hay que tener cuidado de ponerle un cajoncito con arena. Ese será su cuarto de baño. Nunca lo harán en otro sitio. Los que viven en la calle ya tienen arena para hacerlo. Pero siempre, siempre tapan y esconden la caca y el pipí para que no huela. Hay que tener cuidado y cambiarle la arena cada cierto tiempo. Existe también una arena que venden y que elimina los malos olores porque....
En este punto Helena estaba ya saturada de información y, como siempre ocurría, cerró los conductos de entrada de información y esperó, muy educadamente, a que el veterinario terminara su explicación. Y dándole las gracias, salió al exterior.
¾ Que te ha dicho? ¾ la pregunta salió de los labios de José en cuanto Helena traspasó la puerta de la clínica.
¾ No zé. Me ha dicho muchaz cozaz, pero no me he enterado de nada. Ademáz ze ha hecho un lío con loz toroz y loz perroz y loz gatoz y laz nutriaz. Me ha dado ezto ¾ dijo enseñándole la bolsita de comida y el libro que le había prestado ¾ y dice que el libro ze lo tienez que devolver.
¾ Andaaa, es comida ¾ Adivinó Javier.
Mientras volvían a casa, Helena, ajena a la conversación entre José y Javier, iba pensando en sus cosas: ¿sería que los gatos comen toros?, ¿si ella fuera un gato sería ya viejecita?, ¿Las nutrias tenían la misma edad de los gatos?, ¿Hacían los gatos dieta para no engordar?, ¿Sería que Anastasia no hacía dieta y no estaba preñada?
¾ Loz gatoz zon un misterio ¾ se le escapó a Helena, lo que provocó caras de extrañeza en José y Javier.
¾ ¿Qué te ha dicho de la caca? ¾ preguntó Javier.
¾ Puez que zí hacen caca y pipí, pero como zon muy limpioz lo hacen en arena, y zi no tienen arena ze van a la arena de la calle y el ayuntamiento ze la cambia cada tiempo por arena que no huele.
¾ Anda, claro, Anastasia sale al jardín para hacer caca y pipí ¾ dedujo José.
Poz tendremoz que llamar al Ayuntamiento ¾ aseveró Helena
Cuando llegaron al sótano, José se dispuso a abrir la bolsa que contenía la comida para gatos mientras observó:
¾ Tenemos que saber más de los hijos.
¾ Puez tu erez un hijo ¾ apostilló Helena
¾ Sí, pero me refiero a los hijos que aún están en la barriga, y como salen, y todo... ¾ aclaró José.
¾ Tú, ¾ dijo dirigiéndose a Javier ¾ le podías preguntar a tu madre.
¾ ¡¿Y agua?! ¾ preguntó José de pronto ¾ No ha bebido agua desde que ha entrado.
¾ ¡Andaaaaa! ¾ dijo Helena mientras se imaginaba a Anastasia arrastrándose por el desierto con la lengua fuera, y sin más preámbulos subió corriendo y bajó de nuevo como una exhalación, llevando en una mano un vaso de agua que puso cerca de los periódicos.
A todo esto, Anastasia no se creía la suerte que había tenido al entrar en este sótano. Parecía una sultana, ahí, tumbada, mientras sus súbditos la regalaban con los más exquisitos manjares.
CAPÍTULO IV EL PRIMO ALBERTO
¾ ¡Helena, José! Ha venido vuestro primo. ¿Le digo que baje al sótano?
El anuncio que acababa de hacerles su madre desde la entrada al sótano los petrificó a los tres. Menos mal que el trance duró un segundo tan solo.
¾ ¡NOOOOOOO! ¾ gritaron los tres a la vez, Y tan fuerte que Anastasia Levantó la cabeza oliendo el peligro. Pero no hubo tal, porque los tres a la vez y a ver quien corría más se lanzaron por las escaleras como si fueran cohetes.
¾ ¿Vamos a jugar a los vestidos en el sótano? ¾ dijo el primo Alberto desde sus 5 años.
¾ ¡Nooo! ¾ volvieron a corear los tres al unísono.
¾ ¿Quieres que vayamos a mi casa? ¾ se ofreció Javier mirando a Alberto para de esta forma evitar ser descubiertos.
¾ No. ¾ dijo su madre ¾ Os quedáis a jugar aquí
¾ Pues vamos al sótano ¾ insistió Alberto.
¾ No, venid, venid, vamos al jardín, ¾ apuntó como salida José.
¾ Si, pero nada de piscina, ¾ dijo severamente la madre de Alberto.
¾ ¿Quierez que buzquemoz a Utia? ¾ preguntó Helena.
Las visitas del primo Alberto siempre pillaban desprevenida a Utia, que se veía abocada a los abrazos incontrolados y besos no deseados del visitante. Pero Utia había desarrollado un sentido especial que detectaba la entrada de Alberto en la urbanización y desaparecía misteriosamente para volver a aparecer minutos después de su partida. Excepto aquella vez que Alberto se quedó a dormir en la casa y Utia tuvo que acceder de mala gana a compartir la cama.
¾ No está ¾ dijo compungido Alberto.
Estando en el jardín volvió a preguntar ¾ ¿Por qué no podemos ir a jugar a los disfraces en el sótano?
¾ Puez porque allí vive una ardilla que va a tener gatitoz. ¾ dijo Helena sin poder contenerse.
¾ ¡Eres tonta, Helena! ¾ le recriminó José.
¾ ¡Yo quiero verla, yo quiero verla! ¾ gritaba Alberto con su cada vez más desagradable voz de pito, y tan alto y tan chillón que la madre se asomó preguntando:
¾ ¿Qué pasa?
¾ ¡Que yo quiero verla, que yo quiero ver la ardilla! ¾ decía Alberto mientras los demás ahogaban las súplicas con sus propios gritos
¾ Como sigáis gritando os vais cada uno a una esquina del jardín sin moveros hasta que nos vayamos. ¾ gritó la madre de Helena asomándose a la puerta.
Helena sopesó esta salida y la vio justa. Iba a seguir gritando para que los obligaran a ir cada uno a su esquina cuando José se acercó a Alberto cuchicheando con voz cavernosa:
¾ Alberto, si quieres vamos al sótanoooo, pero antes pasaremos por la cocina para echarte ketchup y mayonesa por encima, porque la ardilla come carne de niño, pero le gusta comérsela con salsaaaa.
Esta sutileza de arrastrar las oes y las aes precisas hicieron que al Primo Alberto comenzaran a cosquillearle los pelos de la nuca en su base.
¾ Si, es verdad, ¾ aseveró Javier ¾ y con patatas.
¾ Ademáz, ¾ añadió Helena ¾ necezitamoz muchoz niñoz porque ez muy, muy grande y va a tener gatitoz y tiene que comer mucho. Y zobre todo le guztan laz tripaz y ze laz arranca para...
¾ No me lo creo, ¾ atajó Alberto sin mucha convicción, pero no volvió a insistir.
Estaban todos concentrados en poner migas de pan en la puerta de un hormiguero viendo como las laboriosas hormigas, creyendo que era maná caído del cielo, y muy contentas por eso, se dedicaban a introducirlas en el minúsculo agujero que era la puerta de su casa. Alberto puso una enorme miga lo que provocó una regañina por parte de Javier:
¾ ¿Qué haces?, ¿No ves que eso no cabe por la puerta?. Hay que echarle miguitas más chicas.
¾ Ah ¾ fue la escueta respuesta de Alberto, quien recogió la enorme miga y fue convirtiéndola en trocitos casi inapreciables a simple vista.
En un momento determinado, José dijo:
¾ voy a hacer un pipí ¾ y levantándose se encaminó a la casa.
Javier se levantó y lo siguió diciendo:
¾ Yo también.
Había pasado un buen rato y a Helena se le encendió una lucecita en el cerebro ¾ “eztoz no eztán haciendo pipí, eztoz eztán viendo a Anaztazia” ¾ con lo que le entraron unas ganas enormes de hacer pipí.
¾ Voy a hacer pipí, Alberto, te quedaz de capitán de laz hormigaz, ten cuidado y no lez echez pedazoz muy grandez.
¾ ¡Qué haces aquí! ¾ le regañó José cuando la vio entrar en el sótano¾ ¿no ves que es capaz de venir?
¾ zí, y vosotros zí y yo no. Ademáz eztá muy ocupado con laz hormigaz.
Pero no fue así ya que Alberto era un latazo, pero no era tonto y pensó con gran acierto que hacer pipí no era cuestión de más de media hora que llevaba allí solo y aburrido, con un montón de hormigas que ya le corrían por los brazos.
Entró a buscarlos.
¾ ¡José! ¡Helena! ¿Donde estáis?. ¾ No estaban en sus dormitorios y cuando llegó al salón tampoco los encontró.
¾ ¿Qué te pasa, Alberto? ¾ le preguntó su madre.
¾ Que no sé donde están José y Helena.
¾ Deben estar en el sótano, que es que hay que ver estos niños, que últimamente no salen de él. ¾ Esto último lo dijo mirando a su hermana con un asomo de preocupación que se volatizó en un segundo para seguir hablando de cosas de mayores.
¾ Alberto se fue acercando a la puerta del sótano y cuanto más se acercaba, más despacio iba. Al llegar quedó quieto y su madre extrañada preguntó:
¾ ¿Qué te pasa, Alberto? ¿Por qué no bajas? ¿Es que os habéis enfadado?
Como Alberto no contestaba y tampoco abría la puerta, se levantó la madre de Helena y fue hasta la misma y abriéndola pregunto de voz en grito:
¾ ¡José, qué pasa, por qué no quiere bajar Alberto?
José contestó inmediatamente.
¾ Sí, mamá, dile que baje, pero que se traiga el bote de ketchup por favor.
¾ ¿No ves como no pasa nada, Alberto; anda ven que te de el bote de ketchup y te bajas con ellos.
Alberto no podía controlar el castañeo de los dientes ni la cara de miedo y mirando a su tía salió corriendo a refugiarse en los brazos de su madre, sin dejar de vigilar la puerta del sótano.
La madre de Helena y José se quedó extrañada y los llamó:
¾ ¡José y Helena, subid inmediatamente aquí.
Subieron los tres corriendo y cuando asomaron la cara por la puerta, Alberto refugió la suya en el cuerpo de su madre.
¾ Qué ha pasado? Preguntó la madre.
¾ Nada, mamá, que Alberto no quiere bajar al sótano con nosotros. ¾ respondió José.
¾ ¿Es eso cierto? ¾ preguntó la madre mirando a Javier que sin decir nada asintió varias veces.
¾ ¿No quieres jugar con ellos? ¾ le preguntó a Alberto su madre ¾ Anda, vete a jugar.
¾ Noooo ¾ dijo Alberto que agarrándose fuertemente a su madre explotó en llanto.
¾ Además, el ketchup lo quieren para mí, para que me coma una ardilla. ¾ prosiguió entre hipos.
¾ ¿Qué te tienes que comer una ardilla?, ¾ le preguntó su madre.
¾ No, que me coma ella a mí. Que tienen una ardilla que come niños, pero le gustan con ketchup ¾ contestó Alberto entre sollozos mal controlados.
Mientras la madre de Alberto lo consolaba diciéndole que era mentira y todas esas cosas que dicen las madres, la madre de Helena y José les dijo a los niños:
¾ ¡Habéis estado asustando a Alberto! Sois malos y os merecéis un castigo. Cada uno a su habitación y tú, Javier, a tu casa inmediatame