Un cuento para cada día
Alhaurín de la Torre, Málaga, Andalucía, 19 de marzo de 2003
LA LEY DE LA VENTAJA
Dante Castro Arrasco (Perú) otorongo@blockbuster.com.pe
La calle siempre está mirando. Eso se aprende después en prisión, cuando ya es muy tarde. Félix lo calculaba así mientras las manos le sudaban un poco adentro de los bolsillos. Se había puesto una gorra vieja, casaca negra cortavientos y zapatillas de deporte. Después de esperar veinte minutos refugiado en la oscuridad, lo vio salir portando una botella de cerveza. Parecía que el gordo no sospechaba y caminaba con el envase vacío, como todas las noches, en dirección a la bodega. Félix lo siguió a distancia. Quince metros serían suficientes, pero por la espalda no valía. Quería esperar para verlo a la cara, ya con la botella llena, entumecida la mano en el sudor frío del vidrio.
La noche anterior bajó al barrio para ver si alguien lo reconocía. Aprovechó la caminata, midió sus movimientos y al paso, dejó sin luz el único poste de la cuadra. ¿Cuántas veces lo había hecho antes por gusto?
El gordo regresaría en unos instantes. Le tiraría a la altura del hígado, allí donde da la diestra, casi sobre el vientre. A su izquierda, que es la derecha del otro.
Por fin lo vio regresar solo y con ese andar de niño feliz. Agachó la cabeza para que la visera le cubriera mejor el rostro. Ya muy cerca, como pidiéndole un fósforo, extrajo el revólver. El estampido sonó en toda la cuadra, más fuerte de lo que él hubiera imaginado. Los perros ladraron mucho desde los techos, los vecinos asomaron a las ventanas, otros encendían luces en las casas. La botella se rompió estrepitosamente como un segundo disparo sordo, con rumor de espuma derramándose.
Corrió en dirección a la avenida, el revólver de nuevo en la pretina del pantalón, las manos temblando. Se quitó la gorra, la casaca cortavientos, hizo un bulto sin dejar de trotar y lo arrojó en la primera montaña de basura. Sus ojos buscaron un taxi. Atrás quedaba la calle rota por el disparo, los vecinos saliendo en ropas de dormir, los perros ladrando desesperados. En sus oídos un silbido permanente, parejo, como el de un teléfono dando tono.
¿Hasta Pollos La Caravana? ¿En Sucre? Seis soles. Vamos. ¿Qué pasó allá que hay tanta gente? Ladrones. ¿Y usted es del barrio? No, una hembrita de por aquí, usted sabe. Pero parece que la zona es tranquila, ¿no? A veces también aparecen sus maleantes, como en todo lugar. A usted lo han puesto nervioso, ¿no? Y quién no se va a poner nervioso con estas vainas. Claro, a mí también me suceden cosas en el taxi, si usted supiera.
Y el tono en el oído, como de un teléfono descolgado. En su memoria la cara del otro que todavía no entendía qué le había pasado. Una cara gorda, descompuesta por el dolor y la sorpresa; mirada de "por qué a mí". El casco roto de la botella, la cerveza desparramándose con toda la fuerza del gas. El estampido lo había impresionado peor que a su víctima. Tuvo que correr asustado, tremendo sonido de la 38, más en una calle cerrada. Perros de mierda, carajo. Corazón: tuntuntuntuntun...y no paraba. Las piernas sin fuerzas, las rodillas falseando, manos confundidas buscando el cierre, envolviendo la gorra en la casaca de nylon. Botar, chorrear nomás en el basural que había que buscar un taxi. Y cómo pasaban en la avenida, tanto que sobraban, que con sólo levantar la mano pararían tres cerrándose para ganar al pasajero.
Cualquiera podía ser lechucero. Habrían guardias haciendo taxi para llenar la olla, también rayas encubiertos pegándola de taxistas. Y este que preguntaba tanto, que lo podía dejar sin cobrar o sin el auto. No jugador. Otra corvina, no. Ya estaba bien para una noche. Tan solitaria la avenida de La Marina que nadie se daría cuenta. A la altura de la feria hubiera sido ideal. Pagó la carrera. La Caravana con su cartel iluminado, padres de familia con sus hijos comprando pollo, parejas en las mesas consumiendo. Qué vida, pensó. Hasta luego, amigo. Que tenga suerte, no lo vayan a cuadrar. Ojalá que no.
La calle siempre está mirando. Por eso extendió nuevamente la mano y abordó otro taxi después de ver desaparecer al primero. Sí pata, a Balconcillo. ¿Cómo? ¿Y por qué tan caro? Bueno, vamos. Entras por la avenida Canadá y allí te digo dónde. Este tenía cara de huevón, de que lo botaron del empleo y no se sentía bien haciendo taxi; por eso ni hablaba. Mejor así.
En la oscuridad interior del vehículo trataba de controlar la sensación de náuseas que venía y se iba conforme pasaban las cuadras. Ansiedad, boca seca. Por qué no tomarse unas cervezas con alguien y contárselo todo. Al gordo lo conoció años atrás, cuando era sobrado y el dinero le permitía ciertas cosas. Después le brindó amistad interesada. Así son los Charles cuando las cosas van mal, piensa. Una tarde Félix le propuso el negocio con la gente de Huánuco, sabiendo que el gordo era torcido para los tratos, confiando en que no se atrevería con él.
Por culpa del gordo entró al penal nuevamente. A la pampa, porque no había sitio y los chalacos pasándole la voz: "Paisano", "Qué hay, paisano", pero no ayudaban. La piel se le puso gris, como al resto de gente de la prisión, lavando su cacharro a la hora en que venía el agua, comiendo paila a pulso porque no tenía cuchara ni visita que se la trajera. Vino una disputa por él, se habían demorado los faites del Cerro San Cosme, pero los chalacos recién reaccionaron. "El muchacho es nuestro, ustedes siempre tienen con quién", dijeron. Cosa de Taitas el arreglo y hubo que asumir trabajos en el pabellón. Quedó la pampa atrás pero ya estaba muy flaco, nervioso también al enterarse que el gordo desde afuera había pedido su pellejo. Dos años y libertad condicional. Con la piel en los huesos, color de rata, salió sin quitarse al gordo de la cabeza.
Entra por la derecha, dos cuadras más. Falta un sol, no te hagas paltas. Anda nomás, pata, no te hagas problemas. Circula. El tono de fono descolgado se quedó en el tímpano derecho, como para volverlo loco. La chispa de sus ojos hizo dudar al chofer. Vete. Se conformó y dejó las cosas allí. "Lechero, la libraste", pensó Félix. El volkswagen dió la vuelta y desapareció dejando una estela de escape roto.
Vió de lejos al grupo de siempre. Gente brava consumiendo pasta, intercambiando cualquier cosa. El sonido ese le había atrofiado las sensaciones, lo sacaba de quicio. No tenía mucha confianza con ellos, pero en fin: la calle siempre estaba mirando, Félix confiaba en eso para negociar limpio. Les decían "Los Grandes" en ese barrio y los comandaba el Latero.
¿No quieres fumar? Bueno, es asunto tuyo. Aquí fuma el que quiere. No destapes la merca, pues. Vamos allá, al parque, para no hacer roche. ¿Que no? Puta, cómo te vas a poner así. ¿Acaso no somos de confianza, varón? Entonces llévate el fierro, no hay negocio; para qué queremos eso. ¿Que sí? Entonces vamos al parque, cómo no va a ser, si la confianza es mi ley. Rápido que se me van las ganas.
Y salió el Latero con dos más, dizque haciendo cortina, para que parezca un pase normal. Félix sentía el silbido allí, anidado en el oído derecho, como si se fuera a quedar para siempre. Por ciento cincuenta, jugador. Cien, compadre, ¿qué habrás hecho con él? De repente me encausas. No pues, choche, tú cuánto le vas a sacar, si esto se paga solo: es una buena herramienta. Cien y dí que te fue bien. Míralo mejor, para que te convenzas. Mucha oscuridad para que el Latero aprecie, pero los otros dos ni hablaban. Un brillo extraño en los ojos, los brazos cruzados y ellos mirando hacia otra parte.
-¿Está cargado?... Sin balas no lo quiero.
El Latero lo revisaba con desinterés, cambiando el arma de una mano a otra. Félix ayudó a extraer de lado el tambor apretando el pestillo de seguridad. Una bala percutada, cinco sin percutar. El Latero, sonriendo, lo cerró casi dispuesto a devolvérselo.
-Sale así, con sus balas. De otra forma no sirve.
-¿En cuánto quedamos entonces? Habla.
Los otros dos, siempre mirando a los costados, movían afirmativamente la cabeza aprobando el negocio. El Latero, de pronto, parecía satisfecho. Levantó el arma con ambas manos y opacó la sonrisa. Félix, incrédulo, inventaba una mueca tratando de seguirle la broma.
-Ya te maleaste, pues. Ya perdí. ¿Qué otra cosa quieres? -alcanzó a decir.
El estampido espantó a los perros de la vecindad. Algo peor que un cólico le partía el vientre. Ese eco parejo, parecido a un silbido permanente, lo aturdía. Era la continuación de otro que ya traía metido en el tímpano derecho, pero lo fue dejando sordo, muy sordo, viendo alejarse a las tres sombras.
La oscuridad del parque se quedaba con él. Y la calle estaba mirando, perpleja en el laberinto de perros que ladraban desde los techos, mientras los curiosos asomaban por las ventanas.
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