Un cuento
por semana
Alhaurín de la Torre, Málaga, Andalucía, domingo 17 de
agosto de 2003
ANIQUILADOR DE SUEÑOS
[UNA REALIDAD]
Raymundo Castillo Moscarella. 15 años. Panamá scorpiokast@hotmail.com
Estoy seguro. ¡Si! Estos son mis últimos
momentos de vida. Soy un matón, me
andan buscando. Todos me buscan, él y la policía. ¡No! No sólo ellos, los
muertos... Sí, los muertos también me siguen. Se levantan de sus tumbas sólo
para reclamarme su vida. Mi mente ya no aguanta, mi consciencia me amenaza.
Solía matar por sangre, no por dinero, comida o lujos, sino por mi adicción
a la sangre. A veces no encuentro a quien matar y con los dientes me
despellejo la piel hasta que salga mucha sangre. Y entonces encuentro paz.
Pero se que esto no puede seguir así, y la verdad no hallo escapatoria.
Muchas veces he intentado dejar esta vida, pero entre más salvo intento
estar igual de vulnerable me siento. Y entonces estoy listo para él. Aún
recuerdo muy bien como lo conocí. Él estuvo ahí en el momento perfecto.
Solía ser un hombre de la calle, si conocer de Dios, vagando por el mundo
buscando una razón de existir. Tratando de hallar la vida en mi vida y no de
perseguir la muerte, pero en un lugar como en el que vivía era muy duro. A
duras penas podría sobrevivir. Siempre con arma en mano y mi cabeza en lo
alto. Aunque ese no era quien yo era, esa debía ser mi apariencia, aunque
ese no fuese mi real sentir.
Vivía en ese viejo cuarto en un edificio con mi madre, edificio construido
hace ya muchas décadas, conformado de pedazos de madera podridas, gastadas
y comidas por polillas que se unían de grandes cantidades de clavos. Clavos
oxidados extraídos de algunas otras construcciones viejas inhabitadas. De
aquel viejo edificio podía observar toda la violencia que la ciudad
ocultaba, detrás de mentiras políticas y un futuro mejor que solo existía en
la mente de quien lo divulgaba.
Mi mamá y yo solíamos tener varias discusiones, algunas muchas veces
acababan en gritos, algunas otras con estruendosos estrellones de puertas,
al fin al cabo, siempre un desenlace violento e irreal.
-Ella no te quiere, no te das cuenta, despierta hijo- me decía mi mamá.
-Mamá, tu quieres que la abandone, sólo porque no te agrada. Supones que
porque mi papá te abandonó, a mí me pasará lo mismo- le dije en un tono muy
grosero, y con palabras que yo sabían que rompían su corazón, y lograban
herirla aún más ya que el dueño de esas palabras era su propio hijo.
- Tu no entiendes, ¿ah?. Eres tan joven y tan estúpido... –en este momento
pude percibir que el rostro de mi madre estaba rojo, estaba tan enfurecida,
tan molesta. Por momentos le faltó el aire, se agitó mucho. Pero era mi
vida, yo la vivía a mi modo. Sí, era estúpido, pero no lo aprendería hasta
que la vida me lo enseñara, pero lamentablemente por un precio muy difícil.
Sin disculparme salí de la casa y me dirigí a un lugar. A un lugar que no
sabía si existía, o talvez ya había visitado sin percatarme, era un hombre
sin rumbo. Al estar allá me sentía incómodo y no tuve más remedio que el de
regresar a mi casa. Cierta incertidumbre acogió mi ser, sabía que algo
estaba mal. A mi regreso encontré mucha gente alrededor de la casa, una
ambulancia, un médico, encontré mi desgracia. Preguntaba que había pasado y
nadie me respondía. Mi cuerpo sudaba, mi corazón se calentó, podía sentir
cada latido profundamente. Aquel sudor estaba acompañado de un hormigueo
frío y punzante en mi espalda.
-“¿Qué pasó?”-tal vez lo pronuncié o quizás sólo lo pensé, pero algo que si
era cierto es que nadie respondía. Todos sólo miraban, con una mudez
mortificante, no articularon una sola palabra, su silencio se me hizo
insoportable.
Y como si me hubiesen leído la mente alguien dijo: “Lo siento”, pero esta
vez no era su silencio constante lo que me molestaba, fue su voz, su voz
consumiéndose en mis oídos. Entonces por qué molestaba el silencio y a la
vez los sonidos ¿Qué estaba bien o qué estaba mal? Nada estaba bien, todo
estaba mal, nada estaba en su lugar. Todos me miraban con cara de lástima,
y entonces me di cuenta de la realidad: ¡MI MAMÁ ESTABA MUERTA! Sentía el
dolor entrando por mis venas, todo estaba compuesto de terror y dolor. El
oxígeno que iba por mis venas tenía ese dolor, mi sangre ya no era roja,
estaba hecha de sólo dolor. Deliré esos momentos, sufría todo mi ser. Por
momentos olvidé quién era y algo extremadamente demoníaco se apoderó de mi.
Sentí aquella transformación de tono salvaje y maligno que de mi se
apoderaba. Lo recuerdo bien, en ese momento escuché su voz:
-No te culpes –escuché la voz en el cuarto- cúlpala a ella, ella causó esto.
Isabel es la única culpable.
Pero en ese momento sólo estaba cegado, sólo necesitaba hallar a un culpable
más que a mi en esta situación. Mi única razón para vivir había
desaparecido. Esa voz logró engañarme y seducir mi sed de venganza contra
la mujer que había causado esta discusión: Isabel.
En sólo segundos, me levanté caminé hasta la casa de Isabel. El trayecto fue
corto hasta su puerta, pero lleno de dolor, de odio, de rencor. Un rencor
irreal para el mundo, que sólo existía en mi, dolor insoportable que no
hallaba forma de detener. Ella abrió la puerta, reconoció mi cuerpo y supo
que quien estaba dentro de él nop era yo, supo que alguien mas que yo estaba
ahí dentro. Vi su cara de horror, trató de cerrar la puerta pero era tal su
nerviosismo que quedó completamente paralizada. Llevaba mi herramienta en la
mano, y en menos tiempo del pensado ya había ejecutado mi trabajo. Por medio
de un cuchillo incrustado en su cerebro Isabel encontró la muerte. Muerte
injusta, dolor falso.
Le corte la garganta, y ya tumbada en el piso, disfruté el ver su sangre
corriendo. Pero cuando la tuve en mis manos muerta era muy tarde, no sabía
que hacer y entonces la descuarticé.
Ahora sólo recuerdo esas escenas, me doy asco, por toda las cosas que he
matado con el sólo objetivo de ver sangre. Per aún con eso en mi cuerpo
necesito ver la sangre, aunque sea la mía.
Ahí comenzó mi adicción a la sangre. He matado tanta gente que ya ni
recuerdo la cifra exacta de mis víctimas. Ahora estoy aquí escapando de la
justicia sin saber dónde ir, sólo en este mundo y con unos cuantos cadáveres
atrás de mí. Sigo corriendo en el bosque. Y él vuele a aparecer. Y me dice:
“¿Por qué huyes? Suicídate y ya”. Miré mi arma y estuve a punto de hacerlo,
pero lo olvidé y seguí corriendo. “¿Para qué sufrir tanto?”, me decía.
Llegué a una pequeña casa, que aún no sé de dónde salió y entré a lo más
oscuro de ella, estaba sola y abandonada. Muy descuidada. Pero no era
obstáculo para esos pensamientos que cruzaban por mi mente. ¡Y ÉL SEGUÍA
AHÍ! Ya no sabía que hacer, si correr, o suicidarme o matar... No sabía que
hacer. ¿Por qué a mí?
¿Cómo encuentro descanso aquí? ¿Acaso hay alguna salida? ¿Mi vida era en
realidad tan terrible, tan asquerosa, tan demoníaco? ¿O quizás sólo era
algo de mi mente, un sueño? Tal vez sólo era una sugestión que me consumía
por segundos. Cada segundo era delirante, lleno de sufrimiento, sin fin.
Pero, ¿cómo iba a ser todo una sugestión, cómo podía todo verse tan real y
ser ficticio? ¡Ah! No, no puede ser ahí viene, es ella, otra vez, se acerca.
¡No! Que terror, viene hacia mi, camina de espaldas, como suele hacerlo.
Sólo quiere que sufra, que vea el daño que he hecho, es ella Isabel. Me
enseña la herida que le hice en su cuello, y trae en sus manos los pedazos
de su cuerpo que descuartice. ¿Por qué lo hace? ¿Será real?
Pero de pronto todo es distinto, ella no esta, sólo es mi mente, mi mente
delira. De este modo, ¿cómo vivo?
Encontrándome sentado en lo más oscuro de ese cuarto pensé que ya no era el
mismo de antes, el que una vez pensó en ser una gran persona para la
sociedad, era todo lo contrario. Sin encontrar sentido a mi vida tomé la
pistola decidido a matarme, y entonces vi mi propio cuerpo: “No lo hagas”,
me dijo. Escuche un disparo y el peor de mis recuerdos me inundó. Abarcó mi
mente por completo. Reviví ese momento.
Entré a la casa de mis inocentes víctimas tentado por él, y por mi adicción
a la sangre.
Acababa de asesinar a un hombre, seguramente esposo de aquella mujer. Ella
sentada en el sofá me miró, sabía que la iba a matar. Con un movimiento
circular de su cabeza me pidió que no lo hiciera. Pero yo quería ver la
sangre correr y lo tuve que hacer.
Pero ahora, al revivir esos recuerdo me doy cuenta de que no fue a la mujer
la única que maté, sino a su hijo también. ¡LA MUJER ESTABA EMBARAZADA!
Había matado a una pobre criatura. No puede ser. A mis lados pasaban los
muertos llenos de sufrimiento pidiendo mi muerte. Y nuevamente apareció él:
“¿Lo harás o no? Cobarde”, me asustó.
Entonces dispuesto a hacerlo, la mujer que había matado apareció, con la
cabeza rota a causa de los disparos con que yo la había matado, pero a su
lado estaba su hijo, que con sus pequeñas manos tocó mi cara y me dijo: “Te
perdono”.
La paz llegó a mi ser. Y estaba arrepentido. Él seguía ahí y me dijo “Si no
lo haces tu, lo haré yo”. Al sentirme perseguido salí de la casa dónde, sin
saberlo, unos policías me esperaban y al verme salir me mataron, así como yo
había matado a tantos otros. Vi mi cuerpo tirado en el piso con un gran
agujero en mi cabeza, ya todas mis víctimas habían saciado su venganza.
Ahora descansaban en paz mientras mi muerte sucedía. Pero yo ya había sido
perdonado. GRACIAS DIOS...
[Domingo, 30 de Marzo de 2003]
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