Un cuento para cada día
Alhaurín de la Torre, Málaga, Andalucía, 16 de abril de 2003
UNA VIDA DE COLORES
Maria Dolores Villalbazo Nicosia, Chipre farida227@hotmail.com
Esperanza se levantó al amanecer como de costumbre. Se vistió y tomó el vaso de leche que le habían aconsejado como antídoto contra las sustancias químicas con que trabajaba y partió en su bicicleta rumbo a la Fábrica situada a varios kilómetros de su casa.
En invierno las calles estaban aún a oscuras cuando cubría la distancia en su vehículo y los autos le pasaban muy de cerca salpicándola de lodo en los días lluviosos. Curiosamente esto no la entristecía sino que al contrario, le daba mas fuerzas para pedalear.
Llegaba sofocada, pero animada. Encontraba a sus compañeros bebiendo el café a sorbitos y leyendo los accidentes (preferiblemente de tráfico) por los cuales todos parecían sentir morbosa curiosidad. Los hombres eran de gestos duros y las compañeras de expresión tonta y perdida. A su saludo sonriente contestaban con un hola entre dientes.
Cambiaba su ropa por el mono de trabajo y se reunía con los compañeros en la cocina, subía los pies en una silla y mientras fumaba su cigarrillo miraba el paisaje a través del cristal de la ventana y soñaba, casi siempre, con que tendría mejores días…
Esperanza tenía más de cuarenta y cinco años y había tomado ese trabajo porque el salario era mejor que el que percibía anteriormente como vendedora de tienda. En este ultimó se pasaba todo el día de pie atendiendo a los caprichos de clientes indecisos que simplemente no sabían que buscaban.
Claro, con el tiempo ella comprendería el por qué de la buena paga.
Las obreras se sentaban frente a las viejas máquinas y, enfundadas sus manos en guantes plásticos llenaban cientos de bolsitas con polvos apestosos de diferentes colores que se pegaban en sus pieles y cabellos y que causaban alergias y quemaduras.
La mujer aprendió a usar la maquina de coser y pasaba horas cerrando con ella los sacos de medicinas que previamente había llenado, pesado y etiquetado. El olor de las sustancias era repugnante, pero lo toleraba estoicamente.
Al poco tiempo emanaba ya de ella una peste como la de los antiguos embalsamadores y más adelante aparecieron pintitas en su piel, empezó a perder el pelo y a escupir saliva de colores. A ello se agregó una tos persistente que los Patrones atribuyeron rápidamente a su hábito de fumadora, dejando así sus conciencias libres de preocupación.
Después de cada jornada regresaba a su casa a bordo de su querida bicicleta, de la cual esperaba ser dueña “con todas las de la ley” (ahora lo era sólo por usufructo), si el dueño del negocio aceptaba vendérsela a módicos plazos.
Aparte de la Fábrica, Esperanza trabajaba los fines de semanas como guardia de seguridad para una empresa que la enviaba, armada de lámpara y radio a apostarse en un camino solitario para indicar a los parroquianos, la entrada a una discoteca de moda. Sentía frió a la intemperie y miraba el cielo estrellado pensando que aquello no duraría para siempre y se decía a sí misma que era fuerte.
Hacia tiempo se había separado de su esposo y tenia un pequeño y acogedor apartamento; el refugio a que regresaba cansad y con el cuerpo adolorido, pero nunca vencida.
Cuando llegaba a casa la mujer se bañaba rápidamente y pensaba sólo en dormir y no se había percatado de los cambios en su piel…
Un viernes, inmersa en el agua tibia con perfume de lavanda en su bañera, dormitó relajada. El agua se fue tiñendo de amarillo, luego de azul y por ultimó se fue lentamente por el desagüé. Cuando se vacío la tina se encontraron sólo polvos de colores…
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