Un cuento para cada día    Alhaurín de la Torre,  14 de febrero de 2003

El necio

Marcela Alba,  Argentina  m_maralb@uolsinectis.com.ar

No voy a negarlo. A pesar de todo me sigue asustando encontrarlo cada mañana, aquí, frente a mi cara y de ese lado del vidrio. 

En varias ocasiones intenté abrir la ventana, invitarlo formalmente a franquear la frontera-límite que nos separa, pero sospecho que es mas cobarde o mas tonto de lo que parece. 

Desde mi sillón lo observo. Tiene un ir y venir intermitente, eléctrico, que en apariencia es divertido, pero si se pasan meses (como es mi caso) sin ver mas que esa loca danza como único espectáculo, inevitablemente se descubre lo invariable de cada paso, como si fueran sus ancestros quienes le dictan cada movimiento, cada giro, cada ascenso, sin que quede para el mas mínimo resquicio donde introducir algo nuevo, algo de su creación. 

Recuerdo que, al cabo del tiempo, cuando descubrí que nada cambiaba,   intenté espantarlo con las más groseras pantomimas, exagerando al máximo el movimiento de mis manos y brazos y ayudado por unos alaridos que parecían provenir de lo mas primitivo de mi.   

Esa fue la primera ocasión en la que pude percibirlo diferente.

Por primera vez se detuvo, alejándose unos centímetros del cristal, como tomando distancia de la situación.  Desde aquí pude descubrir su cuerpo perfecto, la belleza de sus plumas.  

Al contrario de lo que deseaba, llevada por mis mas elementales impulso, arrojé contra el vidrio el primer objeto que tuve al alcance de mis manos, a riesgo, ahora lo pienso, de terminar lastimada. El estallido fue terrible. Pero no pasaron mas de cinco segundos hasta verlo como se  acercaba, posándose con un ágil movimiento en el borde del cristal roto y luego apartarse, apenas, para reemprender la eterna danza. 

Desde entonces comprendí que nada resultaría. El retorna cada mañana, al salir el sol. Me despierta el golpeteo de su cuerpo junto al cristal, el aleteo incesante. 

He perdido la cuenta del tiempo que llevamos observándonos. Porque ahora se, lo he comprendido, que desde su lugar él también me observa. 

En cada instante  en el que se suspende mágicamente, como levitando, inmóvil, y me permite que lo descubra entero, uno, en esa oportunidad es que siento su ser puesto en mi, sus pequeños ojos animales se hunden en mis ojos humanos y por un segundo los mundos se acercan y casi podría pensar que nos entendemos, que cada mirada es un intento de explicación, de confesión, de  búsqueda 

Si alguien, alguna vez, me hubiera dicho que terminaría mis días en compañía de un pájaro tonto, que a fuerza de terquedad me ha vencido, hubiera jurado que estaba completamente loco, pero el sol está despuntando y lo presiento, lo llamo, lo necesito en su vuelo alocado hacia mí.   21-12-99


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