Un cuento para cada día
   Alhaurín de la Torre, Málaga, Andalucía,   10 de junio de 2003

La boca preña sonidos ociosos ©2003

“¡Esterilización ya!”

Sergio Bigart

Frente a la pantalla verde, estaba la mesa de patas rasgadas. En ella habia un barrilete con hilo rojo. Detrás de la mesa había una anciana a la cual le faltaban los cinco dientes frontales de la parte superior de la dentadura. Tenía puestos unos lentes que la miopía festejaba al verla.

lanzallamas de metal con fuego, linyera de caracoles, paquetes de arroz para viejos, pañales cagados, agujeros negros de sabiduría, geriátricos, dentaduras postizas, parque solitario con bochas en movimiento… bochas, vochas, ocha, echa. eh…

A su lado, con un bandoneón, se encontraba una niña provenientede Ucrania o algún país de los balcanes. Lo único que sabía decir en castellano era “pan” o “moneda”. Tenía unas zandalias de lona roídas y un pequeño collarcito en el tobillo izquierdo.

ojos verdes como mi amigo Joselo que no tiene un ojo verde pero tiene esa dulzura entre sus manos, con acordeón de dos notas, aburridos los balcanes, aburridos los croatas, guerras aburridas, no sirve preocuparse, no sirve nada de nada…

Debajo de la mesa, entre las patas de la izquierda (mirando desde la pantalla) se encontraba tomando un poco de aire una cucaracha del tamaño de una goma de borrar de séptimo grado. Tenía puesta una vincha de color celeste que decía “Menem – Romero”.

auxilio de mecánico torpe y pulcritud de monja en sus uñas

A medio centímetro una pulga latía la última frase del Romeo y Julieta de Shakespeare. Tenía un reloj pulsera muy brillante, esta pulga esta, y sus ojos amendrentaban a cualquiera con un mínimo de sensibilidad.

no existe nada nada nada para nada de nada por nada hacia la nada en caso de nada

Debajo de la mesa pero entre las patas de la derecha (mirando desde la pantalla) se podía adivinar que un pedazo de bizcochuelo había sido despreciado por alguna seguidora de las últimas modas no sin antes haberle dado un mordisco de mandíbula talle 42.

mujeres solas y hombres solos: desolador mi corazón que gime

La pantalla aún se mantenía verde verde. Era un color acuosamente verde. El suelo sobre el que flotaba la recargada pantalla estaba compuesto de una madera especial para las ciudades húmedas. Tenía un grosor y un barnizado especialmente fabricado para esa temperatura, esa flora y esa fauna. El total cubierto por esa madera era de unos sesenta metros cuadrados.

y el final siempre se prevée en giro del momento más crítico

Siempre frente a la pantalla, pero al final de las baldosas de madera, como casi al borde  de algún abismo, había un gran roble con una cuerda que colgaba de su rama más oriental. Una cuerda puede servir para muchas cosas en un árbol de la manera en que estaba atada, pero solo se me ocurría una trágica y penosa y todo que se confunde y se confunde En la copa del árbol, al final de las baldosas de madera, sobre el abismo, frente a la pantalla verde; un señor de unos cuarenta años era denostado todas las mañanas por la ucraniana (o balcanera) y con su acordeón armonizaba los insultos en esa lengua madre y encriptada a la vez.

dejarse insultar, libertad, opciones, variantes, pocas, ángeles derretidos con espuelas en sus costillas marcadas para la foto del caso más resonante porque ser famoso, ESSO es lo importante

El cuarentón siempre respondía de la misma manera: lloraba. Ese hombre, cada mañana, por los últimos cuarenta años, lloraba arriba de un árbol. Los insultos recibidos por una niña hermosa, de ojos verdes, labios finos, cuello erguido y voz finita que nunca en los años cambiaba su apariencia ni en el más mínimo ápice.

llorar para olvidar, acaso

Cada vez que la abuela pestañeaba (y esto no era muy a menudo) toda luz que hacía real lo existente en ese lugar, desaparecía y la oscuridad ceñía lenta y paulatinamente, cada uno de los objetos que allí descansaban. Una vez, aunque esta parte de la historia se suele dejar para el final, se apagaron todas las vivas luces del lugar porque la abuela había pestañeado agonizante y al abrir los ojos nuevamente UNO de los objetos nos había abandonado para siempre. Lo real es que nadie recuerda con exactitud cuál fue ese objeto que tanto nos llamó la atención por su ausencia pero jamás en su presencia.

atención, señora, atención porque cada rincón está loco (oh, palabra santa)

Ni la cucaracha, ni la pulga, ni la niña, ni el hombre de cuarenta años en el árbol, ni el árbol, ni la abuela, han mostrado algo en la pantalla verde que aclare este punto (aunque jamás se haya mostrado nada en esa pantalla) ¿Me pregunto cuándo estaré listo para contar enteramente cómo fue que todo eso se transformó en un reloj a cuerda?

me pregunto

Lucas Oliveira

(en colaboración con Sergio Bigart)

mayo de 2003

[cybercuentos@Argentina.com]

 


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