Un cuento para cada día
   Alhaurín de la Torre, Málaga, Andalucía,  9 de marzo de 2003

 Ángeles del Invierno

María Alejandra Balbi Buenos Aires Argentina alejandrabalbi@data54.com

  “Se hace amar a patadas.” Paul Bowles 

¿Sigo en el mundo de los vivos? Sí. Si no manos enguantadas me someterían a las prácticas impúdicas con que se humilla a los cuerpos por su debilidad.

En este atardecer ya no los veo describir sus trayectorias erráticas, improvisar sus aterrizajes desprolijos y enredarse en el paraíso que hamacó mi infancia. Ya casi no tengo las aterradoras visiones. La primera vez, creí que estaba muerto. Pensé que venían a buscarme.

Nada. Sólo jirones de palabras tartamudeadas en la penumbra. El tartamudeo es mi castigo por enamorarme demasiado de la oscuridad de mi propia voz.   

Un ángel lésbico le practica sexo oral a un ángel calvo y desdentado. Otro, depresivo aspira ávidos polvos de ángel.  

Me abro paso entre la vegetación rastrera y las víboras. La inundación apenas cede. Pequeños monos juegan con bulbos de mango sobre el techo de la choza. A lo lejos se escucha el rumor de un salto. El agua en caída ecualiza el crujido de la radio.

Una mujer se recuesta en un sillón de esterillas. “Horacio Peña”, digo y le tiendo la mano. Indiferente aparta a los mosquitos con su abanico. Me extravío en su vestido blanco de galopera y en la incandescencia de su pelo de puta. No tiene ese simulacro de alegría de las otras que conozco. Es una puta triste. Me alcanzan un plato de paltas, peces y piñas.

Los murciélagos se hamacan entre las guías del clavel del aire. Algo anida en su pelo rojo de papagayo. Me acerco a su cabeza. No son bichos sino pequeñas criaturas aladas. Ahogo un grito. Debe ser el licor. Me sacudo la vívida imagen. La tomo con gusto sobre un vaivén de hamaca paraguaya. Intento poseer su alma de liana, su compromiso de raíz aérea. Sus brazos se abren como hojas de helecho. Sus piernas cercan mi cuello como una planta trepadora. Su boca tiene gusto a palmitos. Odia el sexo, para ella es sólo poder y dolor.

Una araña escala su pecho izquierdo, rodea su camafeo y se escabulle. Puede quererme. Luego sabré que los que son como ella (o yo) no quieren a nadie. Todavía ignoro su mutismo lacerante y su laxitud de perra perezosa. Creo que su quietud se debe sólo al calor pegajoso de la fosca. Y así como otros se traen una criada de las provincias, yo me llevo una puta de un burdel de la selva. 

Milena no hace nada como si aún la agobiara el bochorno de la selva. Ella y mi hijo, Germán, son mi hipótesis nihilista sobre la humanidad. Investigo el alma. Los objetos de mi experimentación: una puta refugiada y un adolescente perturbado. Les digo el amor y lo desdigo. Les escamoteo cualquier ternura. Los trato como a sórdidos niños de la calle. Vampirizo su dolor. Me cebo de su distancia y de su miedo. No puedo dejarlos ser felices, sin perder la quintaesencia de mi escritura. El afecto entre ellos se diluya en gestos abortados. Tercamente se escatiman lo que puede redimirlos. El exceso de placer y de dolor los vuelve imbéciles. De algún modo es sencillo, porque no tienen vocación por la felicidad.  

Dos ángeles pequeños se simbiotizan. Un ángel ebrio los  parasita. 

Diminutos ángeles danzan en mi cena. Arrojo el plato contra la pared. Germán me estaquea con la vista. Nada me resulta tan siniestro como encontrar el desprecio de mi padre en los ojos de mi hijo. Me irrita tanto como él.  Lo aferro por la nuca. Lo obligo a comer esos pequeños repulsivos entre la porcelana rota. Milena se levanta para recoger los pedazos. Intenta distraerme para abrigar su indefensión de puños crispados. Nunca entendí a las hembras. Hasta las putas más frías como Milena se enamoran de ese tipo de docilidad. Yo podría morirme retorciéndome como un animal rabioso a sus pies y no sentiría el más leve escalofrío. La empujo. Germán me odia. Quiere matarme. Pero sólo vomita. La debilidad es su pecado mortal, su ascesis oscura. De rodillas frente a la cena desperdiciada brilla su aura de mártir. El hijo de la embriaguez siempre oculta algo y teme. Vive del miedo. Como un niño pequeño procura desalentar las sombras que se gestan a sus espaldas. Mientras mendiga mi empatía seguramente conjura sus propias alucinaciones.

Milena me sacude el hombro. La aparto. Insiste. La sigo. Germán se fue. Asiento con la cabeza y me encojo de hombros. Vuelvo al escritorio. Huye con regularidad. Se escapa a la medianoche pero irremediablemente regresa. No hay adónde ir y lo sabe. Extendí mi territorio de oscuridad más allá de los muros de esta casa. No hay escapatoria, ni salida, ni redención.  Casi me aburre. Yo estaba convencido de que mi simiente y el efecto de un dolor inoculado a intervalos regulares  procrearía un Kafka o al menos un Arlt.

Vuelve al amanecer, ebrio. Alberga demasiada muerte adentro. Todavía me culpa de la de su madre. No habla pero todo su cuerpo me imputa. La tristeza inocultable en su espalda doblegada. La sonrisa torcida, anémica pero desafiante. La mirada del cordero supliciado. Abofeteo su requisitoria insoportable. Un rato después duerme cándido aferrado a las tetas de Milena. Deseo golpearlo pero estoy demasiado borracho.  

Ángeles de matanza y carnicería acicatean las filas de los desterrados.  

La pasión es una granada que no se suelta a tiempo. Milena implosionó hace tiempo dañando todas mis funciones vitales. Nada le importa. Ella está aún perdida en la guerra de un país remoto. Sus pupilas hueras ocultan toda la secuencia. Los soldados llegan cuando el pueblo está levantando la cosecha. Lo que no pueden saquear, lo queman. Los silos humean. Arrastra los años del abuelo fuera de la aldea. Peregrina horas porque no hay lugar en los transportes. Aferra el camafeo que llevaba su abuela en el momento del disparo artero. El viejo recuerda como reían antes cuando decía que él había nacido en el reino, su hijo mayor en la república socialista y su nieta en la república federal, sin embargo todos nacieron en la misma cama.

El abuelo contempla una piedra tornasolada. Bajo ella, medio siglo antes ayudó a enterrar a cinco familias serbias, acribilladas por croatas adornados con esvásticas. Luego llegaron los tiempos del Mariscal, el único que podía mantener a las bestias serbias a raya. Milena recuerda la fotografía que presidió el despacho del abuelo como austero regente de aldea. Lo destituyeron cuando asume el nuevo presidente.

Al no poder convertir el albanés en una lengua muerta, piensa Milena viendo los cuerpos a la vera del camino, la convirtió en la lengua de los muertos.

El abuelo carga a Milena en brazos hasta el puesto fronterizo. Un oficial albanés les da la bienvenida. Los campos de refugiados están atestados. El abuelo se establece con una familia de albaneses. Su figura enjuta se recorta sola en el amanecer del aeropuerto. Es la última imagen que Milena tiene del viejo mundo. 

A veces descubro sus torpes intentos de acercamiento: una flor sobre la espalda dormida, una sonrisa prematura. Entonces un acto deliberado de mi parte, vuelve a sembrar la intriga y socavar su confianza. Son niños del invierno. Si los amara, podría decir que no he tenido un sólo amor que no fuera un niño del invierno. Hielan el alma. Escarchan el corazón de las criaturas de primavera, las hacen padecer su amor frío. Empalidecen pronto y se hacen duros. Pierden el tacto. Cuando lloran, sus lágrimas son frías, resignadas. Son tontos monigotes de nieve que el sol más tenue derrite. Mueren acurrucados en umbrales de mármol por temor a las fogatas. Se quiebran como hielo fino. Podría haberlos esclavizado a través del amor pero es una cadena que reblandece con facilidad. 

Ángeles decapitados me tienden sus  manos cercenadas. Intentan abrazarme con sus miembros  mutilados. 

Estoy en mi escritorio, frente a una querida reliquia. Una monumental Remington con un carro de casi un metro de ancho. Mi padre la borró del inventario de la comisaría. Era un cana de escritorio. Un pusilánime, al decir de mi abuela. Un cobarde según mi madre. Bien muertas están viejas arpías. Ahí se me ocurrió la idea. Una nueva oportunidad de estudiar la naturaleza humana. Drogo a Milena. Luego la encinto a la máquina de escribir como si la embalara para mandarla de vuelta a Albania. Ahogo a mi puta fría en la fuente del fondo de mi caserón astillado. Se debate débilmente en el agua estancada.  Germán me golpea en la nuca con una tonfa. Otro souvenir de la diecisiete. Pierdo el equilibrio unos instantes. Pesca a la puta del verdín y corta las cintas. Milena yace de costado en el pasto raleado. Vomita agua verde en oleadas tímidas. Logró incorparme. Lo persigo hasta el mugroso taller de carpintería de mi abuelo, lo sujeto y con una morsa le fracturo el brazo. 

Hay ángeles con úteros externos que translucen fetos alados. Ángeles preñados abrazan nonatos. En el fondo, otros succionan cigotos. 

Milena se ducha en el baño de la criada que no tenemos. Germán intenta divisar lo intangible en su vientre. Hay menos deseo en él del que aletea en mi piel muerta. Sólo algo tembloroso, hecho de anhelo y melancolía. Le pego en la cara. Le cierro el párpado derecho. Mi hijo escupe saliva enrojecida.

Decido violarla ante sus ojos. Milena se resiste. Intenta proteger al nuevo niño del invierno. Su niño de fin del invierno. Su niño de esperanza. El fruto de mi avidez serpenteando en sus miembros quietos. Desvirgo su ilusión por la fuerza. La puta extranjera apenas balbucea el castellano pero se las ingenia para insultarme. No necesito traducción.  La golpeo. Hasta deseo arrancarle el niño a patadas. La dejo inerte y bermeja sobre la bañera. Está agobiada por el esfuerzo de un cadáver a destiempo. Parece casi tan muerta como el engendro que flota en el desagüe.

Germán está encogido como un feto bajo el haz lunar de la ventana. La sangre que se cuaja en los muslos de Milena ahora brota de su ombligo. Desnudo se chupa el pulgar dentro de la cuna que él mismo hizo. Éste debería ser el momento en que me asqueo de mí mismo y de mis actos. Pero no. Me siento enteramente cómodo en mi pellejo de borracho ruin. Lo único que me perturba es ese zumbido in crescendo que me persigue hace una hora. 

Un ángel está royendo huesos seráficos. Hordas de caníbales alados anhelan su propia carroña. Otro empalado, revuelve con su pie el desecho de otros ángeles. 

Escucho cada vez más fuerte, los gritos ahogados y los ronroneos dolidos. Sus formas emplumadas se plasman en las manchas de humedad, en la rotura de los azulejos y en el cemento de las baldosas. Pateo los recovecos donde los ángeles anidan. Destrozo la madera resquebrajada donde arraigan. Desbarato sus esqueletos de ave. Pero ya no tolero los gorjeos desesperantes y caigo desde el mirador que sólo deja ver sucias medianeras.  

Ángeles huecos escoltan al ángel suicida. Una cohorte de ángeles tuertos, tartamudos y lisiados lloran a su paso. 

Ahora sólo soy un viejo en silla de ruedas. Podría asestar algunos golpes aun paralítico, aun parapléjico. Me han deseado muerto y esta muerte inconclusa los acusa, los inculpa. Huyeron. Una vez explicitadas las reglas del juego, el juego concluye. A medida que avanzo por la casa encuentro más cadáveres de ángeles. Parecen maniquíes de costureras necrófilas. Pulverizo sus huesos de pájaro. Con las ruedas de la silla, embarro sus alas pisoteadas.  

Lo más extraño es el silencio. Como si no quedara un sonido indemne, una vez que se acallan mis gritos de viejo  miserable. El permanente frío. Manchas verdes de humedad. Las lajas rotas de la escalera. Estatuas decapitadas. La fuente rajada. Nada. Sólo jirones de palabras tartamudeadas en la penumbra.

 


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