Un cuento para cada día
   Alhaurín de la Torre, Málaga, Andalucía,   7 de junio de 2003

LA CENA

Gustavo Arencibia Carballo permiso25@eudoramail.com

Del libro CUENTOS DEL BARRION MIO (2002) 

“La primera mujer es como la lluvia y llega de improviso. No sabes bien de donde viene, pero esta ahí, a la intemperie y te moja, te cala hasta los huesos. Ya nunca podrás secarte completamente su humedad”.

Saturnino Rodríguez Riverón. 

Y se abrieron las puertas  del hermoso jardín, del portal y de la amplia  sala. De pronto aún sin saberlo me vi en el interior de aquella casa, la cual  siempre  había visto como un enorme castillo de cosas escondidas y maravillosas.  Lo creí  entonces,  era una linda,  macabra y florida casa; al menos para mí. 

Todos acudieron a saludarme idéntico a diez años atrás, al igual que largos años pasados. No sé si fueron sinceros antes o ahora, es difícil en ocasiones conocer a las personas, y no generalizo,  hablo de estas. 

Todos, incluida yo, estábamos igual, más viejos o mejor más maduros, o tal vez más cansados de la vida, pero igual en el fondo,  igual. De cualquier forma íbamos por un mismo camino paralelo, donde cada uno hacía suertes de sus sentimientos. Yo del mismo modo, como diez años atrás, hacía ahora suertes de mis emociones, aunque no tanto como cuando crucé por primera vez este jardín para entrar, hace diez años más joven en esta sala y sentir la presión de lo que significa una cena de despedida. 

No dudo, que todos en Cuba debemos haber tenido una comida así, semejante, áspera o maligna, ¿de qué otra manera se puede describir el desarraigo de una cena de despedida para siempre o para diez años?, o para cuando sea,  al fin de cuentas las despedidas así son solo muertes del alma, quiéralo usted o no, pequeños e imperceptibles infartos del corazón. No se ven. Algunos los sobrepasamos y otros dejan sus huellas para siempre. 

Tal vez ahora habría más luz, no recuerdo bien,  en el fondo quizás sean mis ojos más cansados del  trabajo con la micro en la oficina, de las noches con el niño, pero nunca de desaliento. Ahora la luz, penetró fuerte a pesar de la casi oscuridad de la tarde, en el límite de la noche, donde las luces no son del día ni de la casa son solo luces peleando por el espacio de nuestras vidas. 

De pronto entró él. No son mis ojos los buenos para describir su nueva imagen, su rostro más cansado, su piel diferente, su peso menos liviano, y sobre todo,  su  mirar de afuera.  

No vino de Europa por un día, sin embargo, sus saludos y su beso dejaron en mi ese aliento pueril  y escuché su voz, no la misma, pero sí uniforme. 

- Mujer si no es así no te veo, estás guapísima como dicen allá, a ti sí el período especial no te ha pasado por arriba – y se alejó un tanto para mirarme mejor.

- Si tú lo dices – dije como el que recibe un cumplido inmerecido, pero no lo creí. 

Después de tomar el tiempo de una risa y un abrazo corto, me invitaron al fin a sentarme y pensé por qué no lo habían hecho antes, desde los sillones de la sala comencé a ver la vida diferente hace diez años cuando su madre no entendía que Ángel fuera novio de una mulata, y sin peros ni perezas asumía la defensa del hijo ante la amenaza de la futura descendencia y del “qué dirán”. Hasta oí el comentario de su madre acerca de que yo era una muerta de hambre. Sí, yo lo digo, la vida al revés, como rueda de bicicleta. 

Muchas cosas cambiaron desde aquellos días, pero otras para otros siguen inertes y de cuando llegué por primera vez a esta casa la avalancha de rezagos contra mí para una cena de despedida, fueron burdos, en verdad no las creí entonces. 

- ¿Tú eres Cristina?- mintió como si nunca me hubiese visto.

- Sí - contesté con la delicadeza de mis años.

- Así mismo te imaginé, aunque en verdad no recuerdo que Ángel me hubiese dicho alguna vez como eras - volvió a mentir.

- Bueno, pero así soy como me ve, yo a usted sí la he visto de vez en cuando – dije por decir, aunque me molestaba la tonta conversación.

- ¿Y qué te parece este viaje de Ángel? – dijo respirando profundo – a mí me sorprendió.

- ¿Viaje? – dije en tono de desacuerdo, y seguido acabé – es su deseo el irse, lo ha soñado mucho.

- Sí, es cierto y hasta yo lo prefiero – nadie lo dudaba.  

Siguió mintiendo, ella había deseado con profundo rencor una separación entre su hijo y yo, no importaba  la forma o modo, pero esta separación entre su hijo y yo era la razón de ser de esta señora madre, que de modo equívoco se inmiscuía en el decursar del tiempo de su hijo como prolongación de sus deseos de ganar en la vida, cuando ya de hecho era una perdedora, así de sencillo. Muchas personas como esta madre pierden antes de morir y se llevan o arrastran a los seres queridos en su caída. La caída de esta señora era lenta y sola, destilaba aborrecimiento hacia todos.  

- Cristina, mi cielo, ¡cuánto tiempo sin verte!- pensé, diez años más o menos, mientras la veía entrar una vez más luchando por separarnos con la vista cuando Ángel ya se sentaba frente a mí, luego de un breve abrazo.

- ¿Cómo está señora?- dije con aire de cumplido y casi sonreí.

- Mija tu sabes,  loca con este niño aquí, han sido unos días de arrebato con tanta gente en la casa, nosotros te esperábamos antes- hablaba moviéndose de una lado para otro sin importarle nada.

- Imagínese los viajes de trabajo a provincia y cuando estoy aquí el niño no me deja tiempo para nada, además  ... – quise seguir hablando, pero me interrumpieron. 

La sala espaciosa estaba llena con unas doce personas de la familia y amigos del barrio, los cuales me saludaban con la mirada o sólo con el toque de los dedos sobre mi brazo. 

Eran corteses y los rostros estaban, sabíamos todos, más viejos, pero relajados por el tiempo, la época y la Cristal de lata que pululaba por doquier. 

No era sentirse así lo que más deseaba cada uno, pero el aire del visitante al igual que otras visitas de las personas de afuera, de los que se han ido, de pronto hacía el milagro de cambiar hasta el aire de respirar, de movilizar el trajín cotidiano tal si te empujaran con placer e incomodidad rumbo a pensamientos y actitudes que no eran normales para las personas. 

Nunca he entendido, por qué suceden estas cosas, la inmigración  se vuelve confrontación de ideas, de pensamientos y de demostrar lo que somos o no somos, de pelea de vida, de lo que fuimos, somos o seremos, pero aparentemente la persona al regresar parece tener las de ganar y no las de perder. Detrás de cada visitante está el abierto deseo de la victoria del regreso, de los cantos de sirena y por otra parte las fuerzas compartidas de los visitados, unos escuchan y otros que oyen de la vida de allá. Muchos se van por razones económicas y otros sólo por que sí, sin saber ni llegarse a enterar una nunca de la verdadera  razón. 

Finalmente llegó el llamado a la mesa. Entramos en el comedor desde la madre de Ángel y yo, mientras otros lo hacían por la puerta del patio o los cuartos. Allí estaba su tío, desde aquella primera vez que lo vi fue la otra cara de la moneda de su hermana. 

El tío de Ángel, Felo, era de las personas fuera de casillas, sin formato aparente, de conversación firme sin tapujos y no fue aquella vez la excepción, después y siempre lo supe. 

Caminé por el comedor sin saber donde sentarme, me sentía mal visitando por primera vez la casa de mi novio que se iba del país y me preguntaba una y otra vez  qué hacia allí, no tuve respuesta entonces. 

Ángel entró más tarde sin camisa, casi sin mirar a nadie y con el apuro del que se va rió y dijo cosas sin sentido. Tal vez por la edad, tal vez por el inminente cambio. 

La familia estaba de dos partes; los que creían en la despedida y los que se familiarizaban con un compromiso más, yo estaba en el medio y fuera de grupo. No me reconocían las dos primas, ni el padre de Ángel y la abuela que no me veía. El tío con su esposa y Rafelito eran otra cosa. ¿Más de qué forma yo esperaba la familia? No lo sé, solo fui y estaba allí, vuelta loca por perder a mi amor, al deseo de joven amor o la perdida falsa felicidad, como dije no sé. 

De nuevo Ángel volvió al ataque con preguntas de todo tipo. 

- ¿Y tu niño cómo está?- casi susurró.

- Está bien, lo que es muy activo y nos tiene de locos todo el día detrás de él, la suerte es que el año próximo va para la escuela.

- Cristy – como antes me decía – ¿y se parece mucho a ti o al padre ? 

Apenas supe explicar, esperaba otros matices de conversación mas lo comprendía después de un largo tiempo de no vernos. 

El tío Felo pendiente a la comida o a la conversación escrutaba cada palabra inteligente pronunciada al aire, no las dejaba pasar. Dentro del denso ambiente dijo una frase u observación, no sé como catalogarla, pero fue una definitiva y total. 

- Ángel, nunca he podido explicarme como pudistes perder a Cristina – la comida se heló al momento y nadie respiró, la madre de Ángel miró al hermano en franco desacuerdo por el desacato, pero él, llevándose un pedazo grande de carne a la boca, dijo o repitió con serenidad – sí, nunca me he podido explicar como pudistes perder semejante pieza - y masticando y riendo me miró con ojos brillosos. 

El tío Felo no añadió nada a la conversación en toda la noche, pero después de todo ¿para qué? Sólo una vez de frente y mirando a los ojos como era su costumbre, pausado, con palabras no escogidas más sí, inteligentes,  dijo lo suyo y ya, no más eso y ya, tal si fuera un Mesías. 

La conversación luego de unos inacabables segundos volvió en giro de un lado a otro, y sin parar Ángel habló de allá, de su trabajo y del mío allá. No entendí, ni quise entender y lo dejé vagar por pasajes desconocidos para mí, imágenes de alguna película del festival. Sí, parecía película de festival, de esas no premiadas. 

El padre de Ángel murió luego del horror que causa la pérdida del hijo, y él, que pudo estar no estuvo cuando lo necesitó, ni modo, así  pasó con el desconsuelo de la lejanía. El hombre murió deseando ver a su hijo vivo, no un hijo perdido en la guerra o muerto de enfermedad, sino vivo, pero la incongruencia de pensamientos entre generaciones diferentes provocaron la distancia irreparable y el tiempo banal, tan importante,  que no regresó. 

No fue solamente el padre el doliente de las acciones de Ángel, pero al menos aquel que no sobrevivió para volver a la misma cena, eso también lacera a los presentes aunque no lo digan. No dicen nada, nadie  dice nada, yo tampoco.  

Con andar rápido vi pasar a Rafelito, que me miró como a una mujer más de las muchas de visita. Los pequeños crecieron sin darnos cuenta y el tiempo se fue tan vital que lo ignoramos. 

La madre de Ángel no se detenía un momento, me atrevería a decir estaba igual, ella si era la misma activa y aguilosa con todos, no podía perder el dominio de la escena y gritó bajo al fin para retomar el control. 

- ¡Bueno vamos al comedor que se enfría la comida!.

- No la dejaremos – dijo alguien tratando de animar al grupo. 

Cual procesión entramos en el recinto ahora con mesa y sillas nuevas y un olor de casa estrenada. No el de bodas, no el de tiendas, sino el de la mezcla indeleble de lo nuevo y lo viejo, del pasado y el presente, como olores de un todo que se niega a unirse, como pesadilla.  

Pensé en el padre de Ángel una vez más. Por lo demás, y salvo la mesa y su juego de sillas auténticas y añadidas, éramos de nuevo nosotros allí, una década después, porque dos o tres personas más, no era para decir fuéramos diferentes. Un amigo y su amiga que se empeñaban inútilmente en tener una historia común, la familia, las primas menos odiosas o el tío, la mujer, Rafelito ya Rafael y las sillas nuevas, los amigos de todas las cenas del barrio, los del barrio, los de siempre,  no importaba. Era lo mismo o casi igual. 

Sin quererlo caí esta vez al lado de Ángel, ¡increíble! cuando lo quise no pudo ser y ahora sucedió. Pasé la vista por sobre todos los platos, el festín parecía de reyes. 

Entre la abundante comida criolla la sala se metió en el comedor con la misma conversación y me sentí volar sin hambre y feliz de ver a Ángel como le había ido bien, pero sin añoranzas. 

Yo me sentía satisfecha por mi decisión, había hecho lo mío, la parte del destino que me tocó, la que yo escogí y no pretendía juzgar ni ser juzgada, solo verlo y conversar,  pero la vida volvía a tomarme de la mano de la forma más incómoda y luego de tanto tiempo experimente que en el inmueble rosado de la habitación se mezclaban las figuras de los que ya no estaban con nosotros y las imágenes de los mismos diez años atrás, la visión de un mundo que nunca fue mío. ¿Me pregunté si valió la pena vivir sin amor?. Yo al final de todo no era mejor, quizás peor a la anterior cena, pues no comprendía lo fatal del juego, lo inocente del golpe que lo hacía mortal. 

La conversación retornaba a ser la misma y yo la monótona silente, la que sentía en cada giro los fundamentos distintos de cada palabra no dicha,  pensadas o dichas en el calor de una  vieja discusión, no eran palabras muertas aunque no se escucharan, seguían allí donde les tocó, en la penumbra de cada risa, agazapadas, esperando su bocadillo, rápido, elocuente, tenaz. 

Claro, me faltaba el enorme vacío de la cena anterior, mi desesperación y la loca alegría de su madre. Esas rutinas tal vez no se vieran reales ahora, pero existieron y estaban allí como las palabras escondidas en nosotros mismo, en cada uno de los comensales de una reunión repetida y sin conclusiones. Las palabras de súplica porque se quedara conmigo, los llantos y ese sentimiento de estar en un profundo hueco llena de ansiedades, desvelos, del final del camino, de pecho roto. Un final de camino de veinticinco años, terminando mi carrera. Fue terrible, mas  sobreviví para volver a esta cena,  la misma cena, la misma gente y el derecho de mi tiempo para ver a ese Ángel perdido, ni mejor ni peor, solo igual. 

Las cervezas eran una razón de diferencia y el mantel nuevo se volvía falso, el reencuentro se tornó nada y pensé de la terrible vida de todos, afectados por una partida y un regreso. Las personas  actuaban un drama sin solución de nuestra época y nuestros países. Impulsados por el laberinto de vivir en la cena sin solución. Desde el portal ya en franca despedida, sin saber como salir corriendo recé por no volver a cenar en el número 1216 de la calle de Ángel, pero como antes estaba perdida. Presentí entonces otra  cena en esta misma casa o en otra; vendría a mí como sueño repetido y despertaría una vez más de  la pesadilla del  desamor o del desencanto, del pesado vacío.  

No sería Ángel, ni yo Cristina, sería un tío y yo la prima, roles ambiguos de un mismo acto repetido  de la cena.


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