Un cuento para cada día    Alhaurín de la Torre,  6 de febrero de 2003

Salas de cine

José Fuentes-Salinas Mexico Long Beach. California. USA TIOCAIMAN@aol.com

No las ha matado el vídeo...

Han cambiado, se han hecho mas pequeñas, se han ido acomodando dentro de los centros comerciales, junto a los almacenes y restaurantes, pero no han muerto.

Los del Ontario Mall, que en 1997 se anunciaba como uno de los mas grandes de los E.E.U.U., tenía 22 salas, donde una pareja puede gastar fácilmente sus veinte dólares recién sacados de la maquinita ATM del banco.

En Norwalk, las salas de $1.50 son palacios de cristal y neón. Entre la avenida Pionner y Rosecrans, donde destaca la "M" de Norwalk Park, hay un lugar donde todavía el cine de pantalla gigante es para la familia que no puede gastar mas de 10 dólares, para el adolescente que con la misma cantidad quiere invitar cine y palomitas, para la novia, para cualquier persona que por un par de dólares se va a masticar su tedio con sabor a menta frente a las balaceras y puñetazos de Arnold Scwarzzeneger y Jean Claude Van Damme.

El otro miércoles fui a Norwalk. Mientras exhibían los anuncios y trivia, antes de la película y con la sala casi vacía, me quede imaginando un cuento donde a una mujer llamada Lupe, un nombre que inmediatamente se asocia con el México rural, le gustaba ir al cine y de ahí a las tiendas de 99 centavos que están ahí a un lado.

"Mira", me decía Lupe, "yo todavía no entiendo mucho del inglés, pero me gusta venir aquí, creo que es lo mas cercano a lo que podría ser una plaza como las de Coeneo, donde el cine, la nevería, la tienda, la farmacia... todo queda en el centro.

La primera vez que había ido con Lupe a estas salas, todavía vivíamos los dos en Compton y cuando ella regresaba de trabajar, yo la iba a regresar a la estación del metro. Cuando la veía mas cansada de su trabajo en los talleres del centro de Los Angeles, le decía:

"Vamos a ver cinito", y sus ojillos se le encendían. luego pasábamos por una bolsa de hamburguesas y ahí, dentro de la sala comíamos bien a gusto.

Entre semana hay menos gente y Lupe se preguntaba como le harían los dueños para mantener esos lujos: las paredes de espejos bien lustrados, las lámparas de barras de cristal, las luces de neón en movimiento...

Una vez, saliendo de una película de miedo de un hombre que se transforma en gato, le dije a Lupe que nos metiéramos a otra sala.

Ella dijo que no, que podrían vernos y que a ella no le gustaba pasar esas vergüenzas, y menos por $1.50. Me dijo que mejor regresáramos al siguiente día y con suerte su tía le daría permiso.

Y eso si que me dio mucho coraje, mucho pesar, porque ¿cómo era posible que Lupe pensara que yo venía a ver las películas?

Yo había pensado que todo estaba claro, y que los dos sólo buscábamos un pretexto para estar sin gente en el departamento, sin mis amigos, sin sus parientes, solos, así, tocándonos y quitándonos el cansancio del trabajo.


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