Un cuento para cada día
   Alhaurín de la Torre, Málaga, Andalucía,  5 de marzo de 2003

El hombre de acero

Silvia mabelo02@fibertel.com.ar

Érase una vez un hombre de acero. Todo en él lucía así. Su desempeño en la vida, su actitud frente a ella, su genio y también su figura. Tenía 43 años y una vida plena. Una profesión, un empleo en una importante empresa, una vida sin apremios económicos, una hermosa y joven mujer que le había dado dos hermosos hijos, y la convicción de ser feliz...ser feliz, ¡qué cosa! El hombre de acero caminaba por la vida con el paso firme, la vida le sonreía y él le sonreía a la vida. Pero un día, el cáncer se apoderó de él. Y el templado acero se convirtió en chatarra, la temible enfermedad destruyó en pocos meses lo que le había conseguido muchos años de mucho esfuerzo conseguir. Comprendió que nada le servía, ni su magnífico empleo, ni su hermosa mujer, ni sus hermosos hijos.....Comprendió...comprender...¡Qué difícil! Antes que su cuerpo empezara a corroerse pensó que debía hacer algo. No podía permitir que los demás lo vieran derrumbarse, no podía permitir que sus hijos perdieran de vista al hombre de acero para dar paso a la chatarra humana en que se convertiría en muy poco tiempo. Entonces, decidió.... Caminó sin destino y al llegar al paso a nivel se arrojó bajo el primer tren que pasaba, y se oyó el crujido de su acero..... El tren se detuvo y obligó a todos los pasajeros a descender. A todos... inclusive a su esposa que viajaba en ese mismo tren. Ella pensó, con horror, qué habría pasado con ese ser humano irreconocible para que tomara esa decisión y sintió pena por él. Esa pena que se mezcló extrañamente con la alegría de sentir que faltaba poco camino para llegar a su casa y darle a su esposo dos grandes noticias: una, que sería padre otra vez, y la otra, que venía de ver a su oncólogo quien la había llamado para disculparse por haberse confundido los análisis de su esposo con los de otro paciente muy enfermo y que, gracias a Dios, él estaba completamente sano...... ¡Ay Dios! ¡No veía las horas de llegar a casa!...


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