HECHIZO

Un cuento para cada día
Alhaurín de la Torre, Málaga, Andalucía, 8 de marzo de 2003

HECHIZO

Maria Dolores Villalbazo Nicosia, Chipre farida227@hotmail.com

Soledad tenía ocho años cuando comenzó con sus fantasías. Se levantaba por las noches sin hacer ruido y se sentaba en el sillón de salón. El sueño le huía y sus sentidos la mantenían alerta escuchando el sonar que las ramas de los árboles del patio de la casa producían al entrelazar suavemente sus hojas mecidas por el viento.

Le gustaba buscar en la oscuridad y pasear su mirada por los objetos inertes y silenciosos y detener sus ojos en la pared sin adornos. Ahí comenzaba su juego maravilloso; aparecía claramente la figura de una mujer de tez pálida, grandes ojos, boca carnosa y cabellos negros peinados hacia atrás y recogido en un moño. Bailaba con un hombre que siempre daba la espalda a la niña.

Soledad se sentía fascinada por la figura femenina de manos grandes, de movimientos suaves y dedos largos que abrazaban al hombre a quien ella no veía el rostro. La mujer le sonreía extrañamente y cuando sus ojos y los de la niña se encontraban Soledad se levantaba con miedo, corría a su cama y después quedaba dormida. A la mañana siguiente despertaba con los rayos de luz que se filtraban por las ventanas abiertas coronadas de flores.

Soledad, de espigada figura, iba con su hermana tomada de la mano de su madre de vientre preñado y ojos verdes. Caminaban por el barrio rumbo a la escuela y la niña miraba angustiada cómo dejaban atrás las casas vecinas y la zanja prohibida en la que brincaban los sapos nocturnos asustándola en los tiempos de lluvia con sus llamados. Así sintiendo, llegaba a la escuela como casi siempre, sin mucho gusto.

En cambio, al salir iba contenta. Llegaría a casa a comer, a correr por el patio y a jugar con su hermana, cortando hojas y flores. Pasaban las semanas y los meses mientras ella seguía sosteniendo su cita nocturna atraída por la mujer extraña.

Con la llegada de la adolescencia y la Secundaria, cambiaron sus costumbres. Debía estudiar hasta muy tarde y tenía que levantarse temprano.

No se llevaba muy bien con las hermanas menores porque siempre querían saber sus cosas y ella no estaba dispuesta a satisfacer su curiosidad. Le gustaba guardar sus secretos y pasar horas leyendo a solas, escuchaba música en su cuarto y se reunía con amigos los fines de semana.

Quería ser apreciada por sus opiniones y sus consejos, lamentablemente su inteligencia y sensibilidad parecían pasar desapercibidas. Con que fuera joven y bella bastaba…

Pasaron los años y se fue desgastando en su esfuerzo. Terminó por aceptar que su rol era como el de millones de mujeres. Se volvió agresiva y taciturna. No era fácil penetrar en sus pensamientos ni en su corazón.

Cuando tenía veintidós años conoció a un excéntrico tallador de piedras semipreciosas que cincelaba con paciencia figuras, rostros, iniciales y toda suerte de miniaturas y pintaba iconos para relajarse después del trabajo.

Sabía también el hombre interpretar los movimientos de los astros y creía tan firmemente en ellos que era capaz de quedarse en casa si los planetas hacían mala conjunción ese día. Omar tenía cuarenta y cuatro años, Soledad sintió una atracción inmediata y deseó estar cerca de él en todo momento.

A partir de entonces volvió a aparecer por las noches la extraña mujer que tanto le atraía y le daba miedo cuando niña. Ahora era para ella un enigma lo de las “apariciones” ¿qué quería decirle con el juego de sus manos y aquella sonrisa irónica? ¿por qué despertaba tan mal cuando la soñaba y por qué reaparecía después de tantos años?

El cariño y admiración que Soledad mostraba por el tallador ante sus amigos provocó burlas, debido a la diferencia de edad. Entonces ella prefirió acompañar a Omar en su taller mientras el labraba el vientre de las piedras con rostros femeninos, castillos y garzas y a Zeus transformándose en cisne sorprendiendo a Leda, con un Prometeo encadenado y una Afrodita emergiendo de la espuma de mar.

Fue su amigo, su consejero y sin saberlo ella llegó a amarlo. Su juventud le impedía entender el lenguaje de sus ojos, la dulzura de sus palabras, su atención cuando le hablaba, las deliciosas comidas que le preparaba y las docenas de rosas rojas con que la recibía en casa.

Una noche cualquiera Soledad vio a la mujer de sus sueños de infancia y le dijo ser ella. Llevaba el rostro cubierto por un antifaz y la tocó con sus largos dedos y lucharon. Soledad sintió dolor en su cuerpo y lloró agitada.

Se levantó mal y desayunó en un Café cercano al trabajo. Se dio cuenta de que era martes trece sin gatos negros ni escalera. Soledad escribió su epitafio sobre la servilleta blanca de papel “Ella no es ella, soy yo”.

En la tarde encontró cerrado el taller de Omar. Las vecinas le dijeron que en la madrugada él había tenido un infarto y se lo habían llevado.

Tardó varios días Soledad en enterarse de su fallecimiento por la esquela de un diario. En ella se lamentaba la irreparable perdida del artista.

Horrorizada creyó haber provocado su muerte y decidió en aquel momento que ella no sería nunca más culpable.

El vestido turquesa cubría parte de sus largas piernas, los pies iban envueltos en zapatillas plateadas y sonreía dichosa. Sentía su cuerpo tan ligero al danzar. La luna bañaba su figura y su cabello recogido. Con sus manos de largos dedos lo abrazaba… no lo dejaría nunca. Todo era silencio. Al fondo, una enorme puerta de hierro cerraba la entrada del panteón.